Un murmullo de “equidad”

murmullo

Esta mañana, cuando acababa mis ejercicios de Chi kung, me vinieron a la mente una serie de palabras sueltas, aparentemente sin conexión. Esto me suele ocurrir en un momento de la práctica en que intento escuchar lo que mi interior me quiere decir.

Una de esas palabras, de esos inquietantes murmullos que salían de dentro de mí, me llamó especialmente la atención porque se trata de un concepto que no suelo manejar habitualmente; era EQUIDAD.

Al buscar su definición he encontrado varias en Internet, la mayoría relacionadas con el concepto de Justicia.

Una de esas definiciones es:

“Cualidad que consiste en dar a cada uno lo que se merece

en función de sus méritos o condiciones.”

Equidad no es lo mismo que igualdad, es algo más complejo porque introduce el concepto de merecimiento, en función de las características de cada persona, como se ejemplifica en esta imagen:  igualdad_equidad

Pero he encontrado una definición en especial que me ha llevado a reflexionar… y a escribir este artículo:

“Equidad: cualidad que consiste en

NO favorecer en el trato a una persona

perjudicando a otra.”

Automáticamente, al leer esta definición, en lo que he pensado no es en dos personas ajenas a mí, como si yo fuera el “tercero” en algún tipo de proceso negociador o de mediación, sino en lo que me ha pasado muchas veces en mi vida siendo yo uno de los protagonistas: me refiero a escoger verme perjudicado —voluntaria y resignadamente— para favorecer o hacer caso a otras personas, ya fueran familiares, amigos, parejas, socios, etc.

Esto no tendría mayor relevancia —incluso podría entenderse como un acto de “heroico” sacrificio— si no fuera porque, en la inmensa mayoría de los casos, no existía la más mínima justificación que apoyara esa forma de actuar, sino que simplemente tomé la decisión de hacerlo así por evitar un enfrentamiento con la otra persona (por auténtica cobardía o inseguridad) o porque tenía miedo a que la otra persona me dejara de “querer”, fuera cual fuese su relación conmigo, lo cual también estaba motivado por la inseguridad y por la baja auto-estima que me han acompañado durante una gran parte de mi vida.

Actuar con equidad significa darle a cada uno lo que se merece, por lo tanto, la coherencia y la lógica me dicen que también tendré que darme a mí mismo lo que creo que me merezco ¿no es así?

A modo de ejemplo, si alguien me pide que haga algo que no me apetece en absoluto hacer, porque sé que me va a provocar pasar un mal rato sin darme ninguna satisfacción a cambio, y la única razón para hacerlo es darle placer a la otra persona, sin ninguna otra motivación más importante ¿tiene alguna lógica hacerlo?

Ahora sé que no.

Según una frase de nuestro refranero popular actuar así sería como “desvestir a un santo para vestir a otro”, algo totalmente absurdo.

En esta situación uno sale ganando —el otro— gracias a que yo pierdo, por lo que el resultado, matemáticamente hablando, sería el mismo que si el otro pierde y yo gano solo que, en este último caso, yo estaría cumpliendo con un precepto básico a nivel emocional: el de quererme a mí mismo y cuidarme, para estar lo mejor posible y así poder dar a los demás lo mejor de mí.

bombero-con-nina-en-brazosAlgo muy diferente es cuando nos sacrificamos por los demás de forma totalmente consciente y con una intencionalidad positiva, no con resignación  sino con una motivación más elevada. En este caso lo más seguro es que sí se produzca un resultado favorable en la ecuación: posiblemente habrá algún beneficio para otras personas que a nosotros nos reporte una satisfacción saludable, incluso con algún tipo de crecimiento personal, para nosotros y/o también para los demás.

Al fin y al cabo, en este caso habremos actuado con equidad, ya que habremos hecho lo que creemos que el otro u otros se merecían realmente, sin perjudicarnos de forma importante a nosotros mismos, ya que eso nos habrá proporcionado algún tipo de beneficio real, y no ficticio como me pasaba a mí debido a mis inseguridades.

Pensando sobre este artículo me han venido a la mente las últimas frases de un artículo de La Vanguardia (La Contra, 7-9-16), artículo que me pareció muy interesante en su totalidad. En él, Pascual Girons, una persona que se ha hecho a sí misma renaciendo de sus cenizas como empresario arruinado para alcanzar el éxito, profesional y sobre todo como persona, dice lo siguiente en la entrevista que le hace el periodista:

       P. Girons:  Tus miedos son una ilusión mental para que no                    actúes. Sé libre: quiérelo todo pero sin necesitarlo, sin                          apegarte, sin dependencia.

       Periodista: ¿Lo mismo en las relaciones amorosas?

       P. Girons: Sí: “Te amo, pero no te necesito” es buen amor. Mal              amor es apego y dependencia. Todo aquello a lo que te                          apegues te hará sufrir. ¡La libertad es no tener miedo a                          perder nada!

Actuar con equidad, para mí, es comportarnos con esta libertad de la que habla Pascual Girons: hacer lo que realmente queremos hacer, sin estar coaccionados  por el apego a los demás —o a las cosas— ni por el miedo a perderlos, eso solo nos lleva a sentirnos encerrados en un círculo vicioso que nos hemos creado nosotros mismos, lo cual aún puede ser más triste cuando nos damos cuenta que las decisiones siempre han sido completamente nuestras.

Mi experiencia me ha demostrado que dejarme ver como realmente soy, y decir “no” cuando siento que debo decirlo, me ha dado más beneficios que disgustos, entre ellos ser más respetado y querido por aquellas personas a las que les gusto tal y como soy, sin trampas ni engaños. Por tanto, si debemos acabar perdiendo algo o a alguien es porque realmente es lo mejor para nosotros en ese momento, aunque en un principio no sepamos verlo así.

Busquemos ser más equitativos entre nosotros, dando a cada cual lo que se merece y también a nosotros mismos porque ¿quién mejor que nosotros sabe lo que realmente nos conviene de verdad?

Siempre, claro está, que queramos escuchar esos “inquietantes murmullos” de nuestro interior…

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La vida no es de color de rosa

El mundo color de rosa

Pues no, siento desengañar a algunos o perjudicar a otros con esta afirmación pero es la pura verdad: la vida no es de color de rosa… para nadie.

¡Y menos mal! Si continúas leyendo comprenderás por qué digo esto.

Aunque algunos nos dediquemos —o queramos hacerlo— a esto de potenciar la Inteligencia Emocional, o a usar los recursos del Coaching o la Psicología para ayudar a que otras personas tengan una vida más feliz, eso no se debe confundir en absoluto con que queramos convencer al resto de la Humanidad de que debemos aspirar a tener una vida carente de dificultades.

Por lo menos no es eso lo que queremos transmitir, a aquellos que creen en nosotros, los que nos consideramos honestos.

La vida no es fácil.

Y esto no solamente es así sino que ¡tiene que ser así!

Como ya he dicho en algún otro artículo: enfrentarse a los problemas y a las dificultades es la única manera que tiene el ser humano de aprender y de desarrollar plenamente su potencial.

Sin reto no hay aprendizaje, así de simple.

Si la vida fuera realmente un camino de rosas —y, además, sin espinas— posiblemente no avanzaríamos más allá de aprender a llevarnos la comida a la boca.

Desde que nacemos estamos continuamente superando dificultades que nos hacen aprender nuevas cosas. Vamos a verlo en seguida.

Cuando somos bebés lloramos para indicar que nos ocurre algo, lo que nuestros padres o cuidadores deben  adivinar, hasta que aprendemos a hablar.

Nos arrastramos por el suelo, con una visión muy limitada y aburrida del mundo, hasta que aprendemos a caminar.

En la escuela soportamos las bromas y malas pasadas de los demás, hasta que aprendemos a defendernos, abriéndonos a la dureza de la cruda realidad. Esto mismo, nuestros antepasados más lejanos lo aprendían cuando algún animal se los quería devorar, así que no nos quejemos demasiado….

Pareja adolescente enfadadaMás adelante nos enfrentamos a los primeros rechazos y desengaños sentimentales, aprendiendo a rehacernos después de sentirnos hundidos en la más profunda de las tristezas. Aquí nos encontramos ante ese concepto que hoy se escucha tanto: la resiliencia.

Cuando por fin tenemos una carrera profesional se nos puede echar encima todo un abanico de desagradables dificultades (sueldos insuficientes, horarios agotadores, compañeros insufribles, jefes despóticos, tareas incomprensibles,…) lo que nos hace aprender montones de cosas: a mejorar nuestra comunicación, a tener mayor flexibilidad, auto-control, astucia, diplomacia, resolutividad, creatividad o empatía, entre otras muchas. Y también aprendemos a querernos más y a protegernos, a veces haciéndonos respetar y, otras, buscando nuevas posibilidades laborales.

Si tenemos alguna pasión fuera del trabajo, como una afición o la práctica de un deporte, tendremos dificultades para practicarlos, como los compromisos y responsabilidades que hayamos ido adquiriendo, lo que nos ayudará en el aprendizaje sobre la gestión de nuestro tiempo y en el de clarificar nuestras prioridades, temas absolutamente importantes en la vida de toda persona.

La vida en pareja también está llena de inconvenientes, evidentemente superables en la mayoría de los casos, pero que nos ayudan a aprender mucho, como a ser más asertivos y empáticos, a mejorar nuestra comunicación y a negociar sobre nuestras preferencias, a ser creativos e imaginativos (elementos clave para esquivar la tan devastadora “rutina conyugal”), a administrar mejor los recursos de que disponemos (en pareja se suelen hacer planes de futuro que requieren planificación económica y estratégica) e incluso podemos aprender a gestionar los conflictos que pueden aparecer con amigos, familiares, los hijos, etc.

¡Oh! parece que esto de tener pareja es un curso intensivo sobre Competencias, tampoco es todo lo de color de rosa que parece cuando nos enamoramos ¿verdad?

¿Quiero decir con todo esto que es imposible ser felices?

¡Para nada!

Relax-montañaSimplemente hay que entender que el ser feliz es un concepto muy subjetivo: para unos significará una cosa y para otros otra pero, para todo el mundo igual, está ligado a nuestras capacidades y actitudes para afrontar los problemas y las dificultades que, como ya hemos visto, es seguro que van a aparecer en nuestro camino, por muchas soluciones “milagrosas” y métodos extraordinarios que nos propongan los “gurús” de turno.

La vida no es fácil porque, si lo fuera, tampoco le daríamos el suficiente valor. Las personas solo valoramos aquello que nos cuesta conseguir, lo que nos viene dado ni siquiera lo percibimos muchas veces. Sino, pensemos en algo tan simple como el agua corriente.

Cuando yo era pequeño pasaba los veranos en el pueblo de mi madre. Allí no tenían agua corriente y teníamos que ir cada día a coger agua de la fuente, tanto para beber, como para cocinar, como para el aseo diario. Tener agua en casa significaba ir con los cántaros hasta una de las fuentes, llenarlos (eludiendo los ataques de las furiosas avispas que siempre rondaban buscando la humedad) y cargar con ellos de nuevo hasta la casa de mi abuela. Os aseguro que cada gota de agua que usábamos era muy valiosa para nosotros ¡porque nos costaba un esfuerzo importante tenerla a mano en casa!

¿Es acaso la misma sensación que cuando hoy abrimos simplemente el grifo del agua y tenemos toda la que queremos?

En absoluto, ni siquiera le damos la más mínima importancia y llegamos a derrochar ese preciado bien, dejando correr el agua de forma innecesaria muchas veces.

En resumidas cuentas: la vida no es fácil, ni de color de rosa… sino de todos los colores del arcoíris y de muchos más, como los del atardecer que estoy viendo mientras escribo esto, mirando el puerto de mi ciudad.

Porque eso es también la vida: un conjunto de momentos estupendos e irrepetibles, entre otros que nos pueden parecer malos pero sin los que el resto ya no tendría el mismo sentido.

Entonces…

¿para qué queremos que la vida sea solamente de color de rosa?

Anochecer, puerto desde Montjuich-1

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La buena vida

Envejecer juntos

Ayer cumplí 51 años.

Como me dijo mi hija “ahora sí que ya tengo medio siglo” porque he traspasado la puerta de los 50; hasta ayer aún estaba en el umbral.

Por suerte para mí esto no representa ningún trauma, pero muchas personas lo viven de forma diferente  y se me ha ocurrido escribir sobre ello.

Desde que era pequeño he escuchado opiniones diversas respecto al hecho de cumplir años:

“uffff, ya soy un año más viejo.”

“Ya me queda un año menos de vida.”

“Tengo un año más de experiencias vividas.”

“Soy un año más sabio.”

“Creo que voy a empezar a quitarme años en lugar de añadirlos.”

Hay para todos los gustos.

La realidad es que la vida avanza inexorablemente, como un reloj con su casi perfecta maquinaria, hasta que un día ese reloj se detiene… para todos.

Lo que marca cómo vivamos nuestra vida no es ni el dinero que tengamos, ni nuestros orígenes, ni las limitaciones con que nos toque vivir; eso son circunstancias que muchas personas comparten y que, sin embargo, tienen resultados diferentes para muchas de ellas.

Lo que dirigirá nuestra vida en un sentido o en otro es, realmente, la actitud que tengamos ante la propia vida.

Hay personas que viven permanentemente con miedo, ya sea a la muerte, al fracaso, al rechazo, etc.; todo lo hacen con temor a que sea la causa de ese momento tan poco deseado. Ese miedo perpetuo no les deja disfrutar de los momentos y las circunstancias que les rodean o de las que podrían vivir, simplemente porque lo único que perciben son constantes peligros y, también, el miedo que —paradójicamente— les quiere salvar de ellos.

Esquí de riesgoOtras personas, en el polo opuesto, viven como si no fueran a ver el siguiente día, con una voracidad desbocada por disfrutar y experimentar todo aquello que puedan vivir, sin mesura ni equilibrio. Estas personas realmente vivirán mucho más que las primeras, pero también se perderán cosas importantes porque, es tan grande su deseo de vivir cada momento con absoluta intensidad, que dejan de lado situaciones y personas que les podrían aportar cosas tan grandes como momentos de silencio o de reflexión interior, con los que podrían descubrir la esencia de otros mundos que nunca conocerán, posiblemente más profundos que el que viven.

También están las personas que, simplemente, pasan por la vida de puntillas, sin hacer ruido y casi sin dejar testimonio de su presencia en el mundo. Son las que se dejan arrastrar por la corriente, sin tener en ningún momento el control de sus vidas, sino que viven lo que los demás quieren que vivan. Estas personas conocen el mundo prácticamente a través de los ojos de los demás, de aquellos que los quieren hacer “a su imagen y semejanza”, sin contar con sus verdaderos deseos y necesidades.

Durante mi “época oscura” yo fui uno de estos últimos. Fue tal mi anulación personal en aquellos años que mi cerebro, en un intento por salvaguardar mi cordura, borró de mi memoria la mayor parte de los recuerdos de aquella etapa —incluyendo la infancia de mis hijos—, época en que yo no supe disfrutar de mi familia ni ellos pudieron disfrutar de mí, de la persona que soy realmente quiero decir.

Puede que por esto ultimo yo esté buscando constantemente, desde que empecé mi gran cambio personal, la manera de apreciar mejor todos los momentos que vivo, ya sean buenos o “menos buenos”, porque he aprendido que de todo aquello que vivimos podemos extraer grandes aprendizajes que nos ayudarán a disfrutar de otros momentos mejores.

La vida pasa, para unos rápidamente y para otros más despacio, pero creo que lo importante es, precisamente, que no la dejemos pasar sin más, sino que la exprimamos hasta la ultima gota para poder decir, en nuestro ultimo momento, que ha valido la pena vivirla.

Para mí, la buena vida es la que me permite conocer nuevas personas continuamente, con las que puedo compartir tanto aventuras emocionantes, y vivir apasionadamente, como disfrutar de hermosos silencios o de luminosas puestas de sol. Es aquella en la que hay tiempo para todo, con emociones alegres que me hacen saltar o gritar y también tristes, que me permitan interiorizar más y descubrir mundos ocultos, como el de mi propio ser.

CariciaLa vida digna de ser vivida es, para mí, la que me sorprende continuamente con nuevos retos y, a la vez, la que me permite disfrutar de una caricia o una mirada en la que puedo encontrar toda la paz perdida durante años de incertidumbre.

Esta vida, la buena vida, es la que me hace aprender de aquel al que creía que yo estaba enseñando algo, y la que me permite mostrar a los demás todo aquello de lo que soy capaz porque me siento fuerte y seguro para hacerlo, sabiendo que el camino para llegar hasta allí pasa por sufrir muchas caídas, pero también incontables oportunidades para levantarme de nuevo… un poco más sabio.

La buena vida es aquella en la que, aunque me arrepienta de haber hecho algunas cosas, o de no haber hecho otras, siempre encuentro algo de lo que sentirme orgulloso.

Para mí, una vida que vale la pena haber vivido es la que me ha servido para dejar alguna huella en los que se quedarán cuando yo me vaya. Y no me refiero a haber hecho grandes obras ni a que alguien pueda encontrar una placa con mi nombre en algún monumento, sino a las semillas que he podido dejar a mi paso entre mis hijos, alumnos, familiares, amigos, compañeros o, incluso, entre desconocidos a los que en algún momento les haya podido aportar algo valioso para ellos.

Eso es como ser un poquito inmortal ¿no crees?

Esto es para mí tener una buena vida.

¿Y para ti, ya lo has pensado?

Si no te lo has planteado aún, hazlo; piensa en qué consistiría una buena vida para ti porque, pensándola, ya la estás creando…

Amanecer en el mar

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¿Problemas? ¡A por ellos!

Desesperación

“Y ahora ¿qué hago para resolver esto?

¡Pero si yo no tengo ni idea de estas cosas!”

¿Os suenan estas frases?

Me refiero a  ¿si os suenan haberlas dicho vosotros en alguna ocasión?

Las emociones que predominan, cuando nos enfrentamos a un problema del que creemos no conocer la solución, suelen ser la rabia, la tristeza o el miedo, que nos generan pensamientos totalmente negativos: “no lo voy a poder resolver”, “soy un inútil”,  “no me merezco esto”, “el mundo está en mi contra”,…

Normalmente nos suelen asaltar un abanico de sentimientos como impotencia, incredulidad, ignorancia, bloqueo, desorientación o incluso de injusticia: “¿por qué me pasa ésto a mí?”

Ante el problema podemos actuar, básicamente, de tres formas muy distintas:  con  pasividad, de forma reactiva o de forma proactiva.

La pasividad la demostramos cuando nos rendimos ante una circunstancia por la que nos sentimos sobrepasados, sin ver ninguna esperanza de solución. No sentimos ni siquiera enfado, sino la tan terrible resignación, dejando que el problema nos gane la partida.

La forma reactiva es la que suele provocar unEludir problemas visceral rechazo
hacia la circunstancia que nos está pasando: nos negamos a creer que eso sea real y volvemos la mirada hacia otro lado o eludimos nuestra responsabilidad, “pasándole la pelota” a otro.
También podemos enfadarnos, con otras personas o con el mundo en general, aunque no nos damos cuenta que, generalmente, ese enfado lo sentimos hacia nosotros mismos, por no vernos capaces de resolver el problema.

Y, por ultimo, está la forma proactiva, la más beneficiosa. Es cuando aceptamos el problema y lo analizamos, para encontrar posibles soluciones.

¿Por qué nos cuesta tanto actuar de forma proactiva ante los problemas? Posiblemente por una combinación de diferentes factores: inseguridades, miedo ante los imprevistos, falta de “entrenamiento” emocional, miedo al fracaso,…

Lo cierto es que las personas que suelen tener una mejor gestión de sus emociones son las que también actúan mejor ante los problemas, sin dejarse llevar por el miedo ni por la rabia, actitudes que anulan totalmente nuestra capacidad de razonar, que es precisamente lo que necesitamos en esos momentos.

Años atrás, cuando se me presentaba un problema para el que no me sentía preparado, recuerdo que me solía enfadar muchísimo y, en mis peores momentos, también había “tirado la toalla” o no había actuado con total responsabilidad, confiando su resolución a personas poco adecuadas, simplemente por no querer afrontar la cuestión. Como es lógico, esta forma de actuar me causó aún mayores perjuicios de los que seguramente me hubiera creado el problema original.

El trabajo sobre mi gestión emocional, que empecé hace un tiempo, me ha llevado a encarar las dificultades de una manera mucho más positiva. Salvo algunas excepciones (sigo siendo humano), cuando un problema me asalta siempre pienso

“¿para qué me pasa esto?”

¡Atención! He escrito “para qué”, en lugar de “por qué”, de forma intencionada. La diferencia puede parecer nimia, a simple vista, pero no lo es en absoluto.

Cuando usamos el “para qué” estamos buscando una finalidad, una motivación para la que ese hecho —el problema— se haya producido, lo cual lleva implícita algún tipo de acción, como mínimo la de pensar o analizar la situación, cosa que dificulta que se produzca un bloqueo o la simple pasividad.

En cambio, cuando utilizamos el “por qué” nos estamos refiriendo a la causa del problema, lo que en muchos casos no nos lleva más que a la incomprensión y a tener sensación de injusticia, puesto que esa causa puede ser algo tan ambiguo y confuso como una combinación catastrófica de diferentes circunstancias ajenas a nuestro control.

En mi caso, el hecho de pensar en cuál puede ser el motivo por lo que se me presenta el problema me suele llevar, casi siempre, a la misma conclusión:

“esto me pasa para que aprenda algo,

que me es necesario y que aún no sé.”

En muchas ocasiones, lo que he aprendido es algo referente a mí mismo de lo que no era consciente como, por ejemplo, mi capacidad para realizar diferentes tipos de reparaciones que implican una cierta habilidad manual o, incluso, interpretar normativas y leyes con sorprendentes buenos resultados, cosa que hasta hace poco me resultaba totalmente frustrante.

Los grandes beneficios que conlleva el actuar de esta manera, en cuestión de aumento de auto-estima y de auto-confianza, son evidentes.

Repetir-SimpsonTambién hay una variante, en cuanto a los problemas, que puede ser especialmente descorazonadora. Me refiero a cuando el problema se convierte en una situación repetitiva en el tiempo. No tiene que ser exactamente la misma situación la que se nos repita, pero será de la misma naturaleza.

Lo que nos puede salvar del desánimo en estos casos, para pasar a la pro-actividad, es el pensar que esa circunstancia se vuelve a repetir para que cerremos de una vez algún tema que tenemos pendiente en nuestra vida.

Pensemos un poco: si volvemos a vivir una circunstancia desagradable de la misma manera que las otras veces, y nos sigue afectando exactamente de la misma forma, la única razón es porque nos seguimos comportando de la misma manera que en ocasiones pasadas ante el mismo problema.

Aunque cueste de creer, el problema NO es la circunstancia en sí misma, sino cómo dejamos que esa circunstancia nos afecte y altere nuestro equilibrio emocional.

Si hacemos un pequeño ejercicio de memoria podremos ver la veracidad de esta afirmación: ¿cuántas veces hemos visto que dos personas diferentes reaccionan de forma distinta ante problemas exactamente iguales? incluso ante la pérdida o la separación de un ser querido, o la detección de una enfermedad grave.

Seguramente encontraremos varios casos en que haya ocurrido esto, lo que nos indica que la forma de actuar —o reaccionar— ante un problema siempre es una decisión nuestra, lo que ocurre es que no nos “entrenamos” para tomar esas decisiones de forma consciente, por lo que suele ser nuestro subconsciente el que lo hace.

Por tanto, ante un problema repetitivo, lo mejor es analizar cuál ha sido siempre nuestra forma de actuar ¡y buscar una manera distinta para hacerlo en esta ocasión! Podemos fallar, es cierto, pero si no probamos algo diferente, lo que es seguro es que seguiremos teniendo los mismos resultados, como ya dijo Albert Einstein.

albert-einstein

A donde quiero llegar con todo esto es a darnos cuenta que, en realidad, los problemas no son meras adversidades sino oportunidades para superarnos a nosotros mismos, para aprender cosas que no sabíamos y  conocer mucho mejor todo aquello de lo que somos capaces… que suele ser mucho más de lo que nos creemos.

 

 

 

 

 

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El sentido de todo… o de nada

Cable a punto de romperse

Todo se puede convertir en nada cuando no le encontramos un sentido a nuestra vida.

Sentir soledad en medio de una multitud.

La oscuridad que apaga la luz, cuando ésta brilla a nuestro alrededor.

Ver solo grises que ahogan los colores que nos rodean.

Molestarnos las risas pero sentirnos acompañados por el llanto…

La vida pasa  a convertirse en un sufrimiento continuo, lleno de problemas y sinsabores que nos hacen sentir como si fuéramos las únicas personas en la Tierra que soportamos todo ese peso.

Cuando no le encontramos sentido a la vida ni siquiera aquel famoso refrán nos ayuda con nuestro dolor: “mal de muchos, consuelo de tontos”, porque no podemos consolarnos ni tan solo con el sufrimiento ajeno que, simplemente, deja de tener importancia para nosotros, minimizado por la enorme magnitud del nuestro propio, o eso es lo que pensamos.

El sufrimiento va unido a la vida igual que el dolor está unido al momento del parto, instante en el que nacemos al mundo exterior; entonces ¿por qué suele ser algo tan rechazado en general si es, realmente, totalmente natural?

¿Se trata de algo relacionado con nuestra cultura occidental? No es de extrañar, ya que la nuestra es una de las pocas culturas que rechaza de forma visceral otro momento inevitable de nuestra vida, como es la muerte.

Retomando el tema de este artículo, el problema surge cuando, por alguna circunstancia, llegamos a pensar que nuestra vida se compone exclusivamente de problemas, preocupaciones y sufrimiento, no pudiendo ver otra cosa a nuestro alrededor que dificultades, contratiempos, decepciones o ataques directos a nuestra felicidad e, incluso, a nuestra propia supervivencia.

Cuando dejamos de ver la belleza a nuestro alrededor, de disfrutar con los momentos alegres que nos regala la vida o  de apreciar las palabras amables o de ánimo que nos dedican los demás, para fijarnos únicamente en todo lo feo que nos rodea o en lo que nos hace la vida más difícil, entonces podemos decir que nos hemos hundido en el sinsentido de no saber cuál es nuestro lugar en el mundo ni para qué estamos en él.

Incluso puede llegar un momento en que, cuando no detectamos ningún nuevo motivo de sufrimiento ¡lo inventemos! porque nuestro cerebro necesita tener justificaciones para la realidad que nosotros mismos hemos creado al obsesionarnos con que únicamente estamos rodeados de motivos para sufrir y ser infelices: “fulanito me mira cada día peor en el trabajo”, “la vecina no limpia bien el rellano para fastidiarme”, …

Aunque parezca algo totalmente descabellado, cuando estamos en este estado necesitamos sufrir para sentirnos vivos porque la vida ha perdido todo el sentido para nosotros.

Viktor FranklHe rememorado estas sensaciones después de leer un libro que me ha parecido sencillamente estupendo, se trata de El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, un psiquiatra austríaco que pasó varios años en campos de concentración nazis por el hecho de ser judío, perdiendo a toda su familia en ellos.

Esta durísima experiencia, de la que fue uno de los pocos supervivientes, le sirvió para crear una nueva corriente de la psicología llamada logoterapia, consistente en proporcionar un sentido a la vida de sus pacientes para que puedan superar sus dolencias y tener vidas mucho más satisfactorias.

Una de las vivencias que dieron pie a las teorías de Frankl fue la de darse cuenta que, a diferencia de lo que podría esperarse, muchos de los prisioneros que morían eran los que parecían tener mejores condiciones físicas para resistir al hambre, al agotamiento y a las enfermedades que les minaban las fuerzas en su encierro. Este hecho le llevó a pensar que la diferencia entre la vida o la muerte se encontraba, irremediablemente, en algún otro aspecto que no tenía nada que ver con la dimensión puramente física de las personas.

Viktor Frankl se dio cuenta, gracias a las conversaciones que mantuvo con sus compañeros en aquellos “campos de la muerte”, que las personas que resistían todos aquellos sufrimientos eran los que, pese a todo, le seguían encontrando un sentido a aquella miserable vida. Para unos era la posibilidad de reencontrarse con su familia cuando acabara la guerra, para otros el hecho de tener una importante obra o un trabajo de gran valor social por acabar o, para otros, simplemente el creer que la vida esperaba algo de ellos que aún desconocían.

Fuera lo que fuese, la mayoría de los que no optaron por el suicidio o por dejarse vencer por el cansancio y el desánimo fueron los que creyeron que había algo importante por lo que seguir vivos, incluso algo trascendente a sí mismos, como la responsabilidad de tener una familia que dependía de ellos para sobrevivir.

Frankl cita en su libro una frase de Nietzsche que resume a la perfección este comportamiento humano:

“Quien tiene un por qué para vivir

puede soportar casi cualquier cómo”

Sin tener un por qué, una buena motivación, es fácil abandonarse al desaliento ante los problemas y las difíciles circunstancias que nos plantea la vida, para verlas únicamente como incomprensibles y continuos ataques a nuestra persona, en lugar de verlos como lo que realmente son en la mayoría de los casos: oportunidades para aprender a superarlos y ser mejores, superándonos a nosotros mismos.

¿Dónde podemos encontrar el sentido de nuestra vida cuando creemos que lo hemos perdido?

Según Frankl, el sentido de la vida se encuentra en todo aquello que nos puede servir de palanca para pasar a la acción concreta y cotidiana: la familia, el amor, la amistad, los proyectos, ilusiones, nostalgias y, también, en la responsabilidad personal de pensar que, aunque ahora no sepamos verlo, seguro que somos imprescindibles e insustituibles para alguien o para alguna causa.

La vida siempre tiene un sentido, aunque no lo encontremos en algún momento, por eso:

No hay que ver para creer, sino creer para poder ver.

arco iris con dos extremos

 

 

 

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La confianza: base fundamental para el crecimiento

Confianza-apoyo

Hace unos días tuve una larga conversación con una de las personas más comprometidas en ayudar a los demás que conozco. Todo un regalo.

Después de compartir nuestras propias experiencias, en cuanto al trabajo para acompañar a otras personas en su camino de mejora personal, llegamos a coincidir en un mismo argumento: el punto de apoyo fundamental que se necesita para conseguir que una persona se desarrolle plenamente es

la confianza.

Si no confiamos plenamente en el otro y en su potencial, no habrá método, terapia, recurso o formación algunos que sean realmente útiles o duraderos para facilitar que la otra persona realice los cambios que le ayuden a mejorar y a desarrollarse, ya sea personal o profesionalmente; y no solo a nivel individual sino también en las empresas, en la familia o en cualquier otro entorno.

He conocido a muchas personas que se encontraban prácticamente anuladas por no creer en sí mismas, personas cuyo único objetivo era sobrevivir con cualquier tipo de trabajo no cualificado porque pensaban que no estaban capacitadas para nada más.

Esas mismas personas, al cabo de un tiempo de trabajar sobre sus competencias y potenciales –gracias a creer sinceramente que los tenían- no solo han comenzado a mejorar a todos los niveles (emocional, intelectual e, incluso, físicamente) sino que hasta se han dedicado a ayudar a otras personas realizando voluntariados que incluyen tareas formativas, prueba irrefutable del aumento de su autoconfianza y de su autoestima.

Estoy convencido que el hecho de creer en los demás es fundamental para que las personas puedan recuperar su autoconfianza y, con ella, la dignidad y la seguridad en sí mismas que necesitan para crecer y avanzar en sus vidas.

¿Cómo se pierde la confianza en uno mismo?

Entre las diferentes causas que hay para ello, como los miedos que cada uno desarrollamos por diferentes motivos durante nuestra vida o las expectativas que nos creamos y que no llegan a verse cumplidas, hay una causa que suele ser muy común a la mayoría de las personas que viven esta limitante circunstancia: se trata de lo que los demás podemos hacer, consciente o inconscientemente, en detrimento de la confianza del otro.

Me explico.

Ya sea de niños o de adultos, todos estamos influidos, en mayor  o menor medida, por lo que los otros piensen de nosotros y en su forma de tratarnos. Estoy hablando tanto de acciones claramente negativas (desautorizar, descalificaciones, etc.) como de otras aparentemente positivas, como es el proteccionismo, que si sobrepasa ciertos límites puede llegar a “castrar” emocionalmente a la persona que lo recibe.

Ante esto habrá quien dirá: “pero uno debe ser lo suficientemente fuerte para no dejarse influenciar por los demás y mantenerse firme en la valoración de sí mismo”. Y es cierto, solo que en muchos casos eso no ocurre, sobre todo cuando esas circunstancias negativas que he comentado anteriormente las vivimos de pequeños, etapa en que se forma realmente nuestra personalidad.

En mi caso yo viví todo eso de niño, el pack completo, con graves consecuencias en mi vida de adolescente y también de adulto. Puede que por eso comprenda tan bien este tema, o eso creo.

Durante mi infancia soporté continuas descalificaciones de mi padre en diferentes aspectos, lo que me llevó a sentirme humillado en muchas ocasiones y a dejar de creer en mis capacidades.

Mi padre no confiaba en mí porque me exigía un nivel demasiado alto para un niño en cosas como el razonamiento rápido o las manualidades (él era un auténtico “manitas” en todo) o porque yo era un negado para los deportes que él creía que debía practicar, sin tener en cuenta mis características físicas o mis propios gustos personales.

Todo esto hizo que él se sintiera decepcionado hacia mí y, por lo que en psicología se llama la profecía autocumplida, o Efecto Pigmalión, yo dejé de desarrollar una serie de habilidades, porque creí que no estaba capacitado para ellas.

Elefantes encadenados

Por otro lado, y estoy convencido que con la mejor de las intenciones,  mi madre quiso compensar esta influencia negativa de mi padre con una sobreprotección ante el resto de “peligros” de mi entorno, lo que no me permitió desarrollarme al mismo ritmo que la mayoría de los niños, a nivel emocional y de recursos personales.

Estas circunstancias, y la inseguridad y falta de autoconfianza que me crearon, modelaron mi vida desde la niñez a la época adulta, hasta que llegó un momento que comencé a buscar ayuda psicológica para mejorar una vida en la que no era feliz. Entonces fue cuando encontré una excelente psicóloga-coach que me supo ayudar porque, desde un principio, sentí que ella SÍ QUE CREÍA en mi verdadero potencial.

Esto último, el hecho de que una desconocida creyera y confiara en mí, es lo que me lleva a pensar que confiar en el otro no depende en absoluto de conocer a la persona, sino que solo depende de

CREER en las personas.

Todas las personas, por definición, somos seres capacitados para aprender y desarrollarnos, cada uno a su ritmo y según sus características, pero TODOS, incluso aquellos que llamamos “discapacitados”, tenemos grandes capacidades con las que contribuir a nuestro propio desarrollo personal y al de los que nos rodean.

Los humanos, no lo olvidemos, somos una especie que necesitamos del grupo para sobrevivir. No se puede menospreciar a ninguna persona por el simple hecho de que no la podamos ver como nosotros querríamos que fuera.

Debemos permitir a los demás que nos muestren de lo que son capaces, con confianza y respeto, sin castigar sus fallos sino premiando sus intentos y potenciando sus aprendizajes, solo así lograremos que lleguen a brillar con su auténtica luz, la misma que también nos iluminará más a nosotros.

Si los demás crecen, nosotros creceremos con ellos.

Ayudarnos, ayudando.

¿Hay algo que reconforte más que ésto?

Por cierto, con 47 años descubrí que yo también soy un “manitas”, simplemente mi padre no tuvo la suficiente paciencia, ni confianza en mí, para dejar que se lo demostrara…

 

 

 

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La actitud marca la diferencia

Buena actitud

Es un plomizo sábado por la tarde de la víspera del Día de la Madre, en Barcelona.

Recorro las calles buscando una floristería para gestionar el envío de unas flores el día siguiente a un pueblecito de Sevilla, donde reside mi madre desde hace una temporada.

He pecado de falta de previsión, lo sé. En mi barrio encuentro la mayoría de tiendas de este tipo cerradas o que no tienen este servicio, así que me dirijo a la floristería más famosa de la ciudad, que no cierra ningún día del año.

De camino encuentro otra floristería abierta y decido entrar. Se trata de un local amplio, luminoso y nada recargado por grandes cantidades de flores, como pasa en la mayoría de tiendas de este tipo. Se respira una cómoda atmósfera. Al fondo se encuentra una única persona que me saluda alegremente. No hay ningún otro cliente en ese momento.

Le comento mi deseo al dependiente, que hace una llamada al servicio de Interflora para gestionar el pedido. Al otro lado del teléfono le indican unos precios por la entrega desde los pueblos más cercanos en los que hay  floristerías, porque donde vive mi madre parece que no hay ninguna, pero sin asegurar que el envío se pueda hacer ya que hay que consultarlo previamente.

Al cabo de unos segundos Jordi, el dependiente, recibe una respuesta negativa de la chica de Interflora: en la floristería que tendrían que hacer la gestión no quieren hacer el desplazamiento a aquel pueblo el día siguiente.

En lugar de decirme que no era posible realizar el encargo, sin más, el empleado buscó una información en su ordenador y, al momento, estaba hablando con el personal de la floristería que se negaba a realizar el pedido.

Tuvo que hacer dos llamadas para hablar directamente con el dueño, obteniendo el mismo resultado negativo, aunque éste le comentó la posibilidad de buscar en otra localidad cercana, sin que le pudiera facilitar ningún teléfono en concreto, por lo que Jordi lo buscó en Internet y llamó.

Nadie contestó.

Pero tampoco tiró la toalla entonces y continuó buscando en su ordenador. Ahora había encontrado la página web del pueblo donde vive mi madre y llamó al teléfono del ayuntamiento; el pitido de un fax fue todo lo que obtuvo por respuesta.

Yo estaba a punto de darle las gracias a Jordi por sus gestiones e irme a probar suerte en la otra floristería, por si estuvieran adscritos a un servicio de envío de flores diferente aunque, sinceramente,  sin tener demasiadas esperanzas en ello.

Pero había algo intangible que no me dejaba marchar, quizás la resolución para ayudarme que mostraba el dependiente o, tal vez,  una frase que él había dicho momentos antes y que me había llamado poderosamente la atención, o un compendio de todo ello. La frase que dijo, con cierta pena en su voz, fue:

“muchas veces se trata solo de querer hacerlo.”

Cuando colgó de nuevo volvió a mirar en su ordenador y, mientras marcaba otro nuevo número en el teléfono, me miró con una expresión tan decidida a agotar todas las posibilidades para solucionar mi problema que me sentí lleno de confianza hacia aquella persona ¡aunque estuviera llamando a una pastelería!

Su lógica al hacer aquella llamada era totalmente coherente: todas las pastelerías están abiertas la víspera de una festividad tan importante como es el Día de la Madre, por lo que le podrían confirmar si había o no alguna floristería en el pueblo o, por lo menos, si conocían alguna otra posibilidad de conseguir lo que me había propuesto.

Actitud positiva, iniciativa, proactividad, compromiso con el cliente –aunque yo fuera un total desconocido- y creatividad, eso es lo que me estaba demostrando aquella persona con sus gestiones, además de una gran humanidad…

El empleado de la pastelería le anunció lo que ya nos esperábamos, ni más ni menos que otra nueva negativa que parecía sentenciar definitivamente mis expectativas. Pero entonces Jordi, en lugar de colgar, dijo algo que me dejó totalmente perplejo: le preguntó a su interlocutor si cabría la posibilidad de que ellos le hicieran llegar un pastel a mi madre al día siguiente.

A mí me pareció algo totalmente surrealista ¡yo quería enviarle un ramo de rosas! ¿en qué se parecía eso a un pastel?

Mientras hablaba con el pastelero Jordi me miró, con expresión interrogante, y me preguntó si querría aceptar esa opción, porque el empleado, o quizás era el dueño, de la pastelería sevillana le habían dicho que aceptarían el encargo y que les podíamos hacer el pago por transferencia bancaria. Yo no sabía qué decir, solo acerté a comentarle que mi madre no era demasiado amante de los dulces, pero lo que me ocurría realmente era que mi cerebro no estaba preparado para cambiar los planes que tenía previstos y buscaba una burda excusa para no hacerlo.

Ante mi indecisión el dependiente de la floristería le agradeció la atención al pastelero y colgó el teléfono. Yo me sentía un poco idiota en aquel momento, tengo que reconocerlo, y creo que eso se debía reflejar en mi cara mientras escuchaba a Jordi decirme que lo importante era que mi madre recibiera “algo” que le indicara que había pensado en ella, fuera lo que fuese, un bonito ramo de flores o un pastel para endulzarle aquel día, Su Día…

Esta reflexión, sumada a la gran resolución que veía en aquella persona que estaba intentando ayudarme por todos los medios, me hicieron finalmente reaccionar y acepté aquella alternativa, que ahora me parecía incluso simpática.

Jordi llamó nuevamente a la pastelería y concretamos el encargo, dictándole incluso una nota al Sr. Antonio, que así se llama el amable pastelero, para que fuera entregada junto con la tarta.

Y el final de esta historia es, incluso, tan sorprendente como lo que he contado hasta ahora: el pastelero no tuvo ningún inconveniente en que el pago por sus servicios se le hiciera mediante un ingreso en su cuenta el siguiente lunes ¡un día después de realizar el servicio! ya que esa fue la forma de pago que él nos planteó, en lugar de exigir el cobro con antelación a través de una tarjeta de crédito.

Creo que con esto está todo dicho y se resume en una simple  frase:

Tan solo se trata de QUERER hacer las cosas.

En esta vida, prácticamente todo es una cuestión de actitud… y de confianza, cosa que las madres saben muy bien.

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¡Mi mayor homenaje a todas ellas!

Y mi sincero agradecimiento a los verdaderos protagonistas de este artículo, Jordi y Antonio, porque mi madre recibió un inesperado y dulce regalo en el Día de la Madre.

 

 

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Ángeles y demonios

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Hace unos días tuve una conversación con dos personas  en la que apareció el tema de los ángeles y los demonios.

No voy a escribir sobre el mismo contexto del diálogo que mantuvimos, porque se centraba en las creencias religiosas de estas personas y ese es un tema que no considero adecuado para este blog, pero la conversación me hizo pensar sobre algo mucho más mundano, o más cercano para mí: los ángeles y demonios internos que nos acompañan en nuestra vida, bajo mi punto de vista.

¿Cuántas veces no habremos “escuchado” esas vocecillas que nos hablan, desde nuestro interior, en relación a algún tema que nos afecta personalmente y sobre el que dudamos a la hora de tomar una decisión?

Pero ¿existen realmente estos ángeles y demonios internos, o son simplemente imaginaciones nuestras?

Para mí esas “voces” no solamente son muy reales sino que, además, provienen de nuestro interior más profundo y nos dan una buena perspectiva del tipo de pensamientos, miedos y prejuicios que tenemos almacenados, así como de los sentimientos y emociones que nos suelen provocar.

Todo este bagaje es diferente para cada persona, fruto de sus experiencias vitales y de sus aprendizajes durante la vida, por lo que esos personajillos también nos dicen cosas diferentes a cada uno y no sirve de mucho preguntarle a otra persona qué haría ella en una situación semejante, para intentar eliminar nuestra confusión, porque su escala de valores difícilmente será exactamente igual a la nuestra.

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Esto que comento incluso tiene su representación gráfica en los dibujos animados o, incluso, en alguna película, como una de la saga “Piratas del Caribe”, en la que Jack Sparrow mantiene un diálogo con la voz de su conciencia, representada por estos pequeños personajes.

¿A dónde quiero ir a parar con este artículo?

Simplemente a intentar sembrar la semilla de la curiosidad en quien lo lea para que se conozca un poco mejor en el sentido de que, si escucha con atención esas vocecillas en la próxima oportunidad que se le presente, podrá identificar cuáles son sus miedos, sus prejuicios y sus creencias, limitantes o posibilitadoras.

¡Y la información es poder! en este caso, PODER sobre uno mismo.

Cuando identificamos lo que nos ayuda y lo que nos dificulta en nuestra vida, podemos aprovecharlo mejor o trabajar para cambiarlo, respectivamente. Mientras no somos conscientes de ello no podremos hacer ni una cosa ni la otra, solo dejarnos llevar como un tronco por la corriente de un río, “vendidos” a nuestros miedos e inseguridades.

Con esto ultimo no quiero decir que esté en contra del concepto de “fluir”, todo lo contrario: lo que digo es que debemos trabajar para fluir por la vida en base a aquellas creencias que sean realmente beneficiosas para nosotros, no  respecto a las pesadas cargas que solemos llevar a las espaldas en forma de prejuicios y miedos que, normalmente, hemos adquirido por las experiencias ajenas: “no hagas escalada que es peligroso, un amigo mío se cayó”, “intenta no destacar entre los demás, como siempre he hecho yo”, “los buenos trabajos dan dinero, no satisfacción personal”,…

Esos ángeles y demonios que a veces nos acompañan no son más que un reflejo de nuestras luchas internas entre lo que querríamos hacer en una situación determinada y lo que hemos aprendido, a lo largo de la vida, que deberíamos hacer.

Pero la decisión final de actuar en un sentido o en otro siempre es nuestra, aunque a veces nos parezca que no es así.

Por encima nuestro no hay ninguna fuerza superior e invisible que nos mueva como si fuéramos simples marionetas, nosotros somos los responsables últimos de nuestros actos y aceptar esto puede ser la diferencia entre disfrutar de nuestra propia vida, llevando el timón… o sufrir las vidas de los demás.

¿Tú qué prefieres?

 

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Un gran tabú: el reconocimiento personal

Aplauso

Hace unos días, en una formación sobre gestión emocional que dimos mi compañera Silvia Hernández  y yo, viví uno de esos  momentos  que dan que pensar.

Casi al finalizar la sesión leímos en voz alta unas frases, con interesante contenido sobre inteligencia y gestión emocional, que una de las asistentes había recopilado de diversos autores para compartir con nosotros. Se trata de una chica extranjera que llegó a nosotros con una problemática de falta de adaptación a nuestro país, después de haber vivido aquí durante varios años pero en un entorno totalmente cerrado, solamente entre compatriotas suyos.

Lo impactante vino cuando, al acabar de comentar las frases, le dimos un aplauso como reconocimiento al interesantísimo trabajo de recopilación que había hecho.

¡Se sintió tan abrumada por aquellos aplausos que se tapó la cara con las manos y estuvo a punto de llorar de nerviosismo, sin atreverse siquiera a mirarnos!

Me costaba creer que alguien se pudiera sentir tan mal porque otras personas le brindaran un pequeño gesto de agradecimiento por su trabajo pero, al momento, comprendí que podía ser algo normal dependiendo de las circunstancias que hubiera podido vivir, cosa que me confirmó poco después ella misma.

Su familia siempre le había dicho que no debía hacer nada para sobresalir entre los demás y que no estaba bien buscar ningún tipo de reconocimiento. A mi entender, esas creencias la han llevado a ser una persona con pocas aspiraciones en la vida, conformista y con una valoración muy pobre de sí misma y de su gran potencial, que los demás vemos pero ella no.

Creo que esta creencia limitante puede surgir de confundir el hecho de recibir ese reconocimiento –algo totalmente positivo a nivel emocional- con actitudes de falsa modestia, egocentrismo o de necesidad de protagonismo,  rasgos de personalidad éstos que pueden llevar unidos ciertas carencias afectivas o de falta de autoestima pero que, en ningún caso,  deben confundirse con el sano disfrute del reconocimiento sincero que nos puedan mostrar los demás.

Aceptar el reconocimiento que nos puedan dar tampoco significa que dejemos de ser humildes, una virtud que también hay que comprender en su justo significado.

Los seres humanos necesitamos diversos estímulos que nos ayuden a recargar nuestras energías y a facilitarnos la motivación necesaria para estar al 100 % de nuestras capacidades, manteniendo así nuestro equilibrio emocional.

Uno de esos estímulos es el recibir reconocimiento por una buena acción o un trabajo bien hecho, lo que además es indispensable para nuestro aprendizaje, puesto que

lo que se reconoce, se repite; mientras que lo que se ignora, se olvida o se rechaza.

Para ilustrar esto último solo hay que recordar cómo aprenden a hacer ciertas cosas los bebés: lo hacen gracias a que los adultos les mostramos nuestro reconocimiento de diferentes formas, reforzando así su aprendizaje.

Esto es algo tan cierto que incluso forma parte de las directrices que se están  transmitiendo a los dirigentes y responsables de muchas empresas  que contratan a profesionales para que mejoren la gestión del personal y de los conflictos que puedan existir entre los empleados, cosa que llega a provocar problemas a diversos niveles dentro de las organizaciones.

Dar reconocimiento, sincero y fundamentado, es tan importante como saberlo recibir y disfrutar: genera satisfacción en quien lo da y refuerza la autoconfianza, el aprendizaje  y el crecimiento personal en el que lo recibe, ayudándole a identificar sus fortalezas para que pueda potenciarlas aún más.

Para acabar os dejo un vídeo que me ha parecido realmente interesante de una entrevista a Álex Rovira  (escritor, conferenciante y emprendedor) en el que habla de la importancia que tiene el reconocimiento para las personas (vídeo).

Álex Rovira, reconocimiento

Añado aquí un artículo que habla del mismo tema con otras aportaciones realmente interesantes. Lo ha escrito un especialista en Comunicación, Ferràn Ramón-Cortés y me lo ha proporcionado un buen amigo y lector de este blog, cosa que me gustaría que hicieran más personas para hacer esta publicación más rica y útil para sus lector@s.

¡Disfrutad de las “caricias emocionales”… y compartidlas con quien penséis que las merecen!

Y si pensáis que este artículo puede ser de utilidad para alguien…¡compartidlo también!

 

 

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Lo urgente y lo importante

Despedida-volar hacia el horizonte

Ayer, mi hija mayor vivió una dolorosa experiencia que le ha enseñado la gran diferencia que existe en la vida  entre lo “urgente” y lo “importante”.

Espero que compartirla aquí pueda ayudar a alguien a comprender esa diferencia, en principio sutil, pero que puede ser tan importante en muchas ocasiones.

Lo que provocó esta dura enseñanza fue la muerte de un buen amigo de la familia, Lluis, un hombre que había rebasado escasamente los setenta años y que sufría desde hacía meses de un tumor en un pulmón, agravado sobre todo por antiguos problemas de corazón.

Aún así, su muerte fue repentina para nosotros.

Había superado episodios muy críticos y querían realizarle pruebas para intentar hacerle quimioterapia, ya que el tumor estaba bastante localizado y no se había extendido por otros órganos.

Durante la semana, aunque se sentía muy cansado por la larga estancia en el hospital y por su insuficiencia cardíaca,  había estado animado y eso nos hacía pensar que podía haber una buena evolución. Por eso, cuando por la mañana nos avisaron que su estado había empeorado y que no habían esperanzas, más allá de unas pocas horas, la noticia nos dejó amargamente sorprendidos.

Simplemente se había rendido, estaba agotado y ya no quería seguir viviendo. Como se dice vulgarmente: había tirado la toalla.

Lo único que pudimos hacer por él fue acompañarlo en sus últimos momentos en este mundo, antes de dejarnos, para descansar por fin.

Lluis y yo habíamos tenido una relación muy estrecha durante más de diez años y él siempre había querido mucho a mis dos hijos, hasta el punto de  considerarlos casi como nietos suyos.

Tanto mi hija, de 20 años, como su hermano, de 17, viven con su madre pero mantengo un contacto estrecho con ellos y les tenía informados del estado de Lluis.

Mi hijo, estudiante en una escuela profesional, fue varias veces a visitarlo durante su estancia en el hospital.

Mi hija, con una vida mucho más ajetreada debido a sus estudios universitarios, un trabajo de seis días a la semana y otras responsabilidades que no le dejan practicamente ningún tiempo libre, no fue, esperando a tener el momento adecuado entre tantas obligaciones.

Por la noche, cuando le comuniqué el triste desenlace, mi hija rompió a llorar y no había nada que la hiciera parar. Estaba totalmente desconsolada y con un gran sentimiento de culpabilidad por la lección que le acababa de enseñar la vida, o la muerte, mejor dicho.

Todo lo urgente en la vida de mi hija no le había permitido ver algo realmente importante, como era el pasar unos minutos con una persona a la que  había estado unida y que ya no podría ver nunca más.

Desgraciadamente, estoy seguro que ésta ha sido la lección más dolorosamente aprendida para ella en su relativamente corta vida.

¿Cuántas cosas verdaderamente importantes se nos pasan por alto ante lo que es, simplemente, urgente para nosotros?

¿Realmente no podemos hacer las cosas de otra manera?

¿No podemos organizarnos mejor para tener el tiempo necesario para cada cosa y, sobre todo, para no dejar de lado lo que es realmente importante para nosotros y para aquellos que queremos?

Este episodio me ha hecho recordar todo lo importante que he dejado sin atender en mi vida y para lo que, tristemente, ya no hay una segunda oportunidad.

Pero el presente está aquí y el futuro por llegar, con todos sus momentos para hacer las cosas mejor, para aprender de los errores y donde demostrar que somos capaces de rectificar aquello que no nos ha funcionado en el pasado.

Eso es lo verdaderamente importante ahora…

En mi cumple-recortada

-Dedicado a mi buen amigo Lluis y a mis dos maravillosos hijos-

 

 

 

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