Sacar a la luz lo que permanece oculto

arqueologia

¡Qué maravillosa misión es esa!

Contribuir a que el mundo vea algo que se encontraba escondido, enterrado bajo tierra… o en el corazón de una persona, que a veces suele ser lo mismo.

Nuestro corazón puede ser como la montaña que oculta en su seno los diamantes y piedras preciosas más bellas del mundo: capas y capas de materiales que no dejan ver, ni a su propio dueño, todo lo de valor que hay en él.

Para descubrir toda esa belleza interior a veces hay que excavar poco a poco, ahondando con paciencia y empeño, hasta llegar al verdadero filón que se encuentra en la esencia de cada uno y que permanece escondido a nuestra propia consciencia, en ocasiones durante toda una vida ¡pero que está ahí!, esperando a que lo encontremos para enseñárselo orgullosos al resto del mundo.

Howard Carter descubrió la tumba de Tutankamón, con los ricos tesoros que siguen deslumbrando aún hoy en día a quien los observa.

Machu Picchu, Petra, Babilonia, las pirámides de Egipto, Stonehenge,…, todas ellas son joyas antiguas que ahora contemplamos con admiración pero, ¿qué hay de quienes las crearon? ¿de todas aquellas personas que dieron lo mejor de sí mismos (fuerza, creatividad, ingenio, perseverancia,…) para modelar y reunir tanta belleza que, siglos después, consideramos como auténticas maravillas del mundo?

Dentro de cada persona se encuentran las verdaderas Corazón con manosjoyas de la Humanidad, y todos los que contribuyen a que esas maravillas afloren a la luz son auténticos privilegiados al conseguirlo, aunque sea una sola vez en su vida.

Mentores, psicólogos, coaches, formadores, entrenadores, médicos, terapeutas, amigos, parejas, familiares y, simplemente, PERSONAS que lo dan todo para que otros sean conscientes de quiénes son en realidad, de todo el potencial que tienen dentro suyo para explotar y disfrutar, para dar y merecer, para amar y ser amados por cómo son y no por cómo querrían los demás que fueran; todas esas personas que contribuyen a que los demás puedan conocerse mejor son los auténticos descubridores del más importante tesoro del mundo: ¡el verdadero corazón de un semejante!

De pequeño yo quería ser arqueólogo y de mayor mi sueño es ayudar a los demás, ahora sé que esos dos propósitos van de la mano y forman uno solo que, para mí, ¡es la mejor misión del mundo!

¿Cuál es la tuya?

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Parar, respirar, escuchar…

Intuición 

Pararse, a veces, es necesario.

Rebajar el ritmo frenético que llevamos en nuestro día a día nos puede ayudar a recuperar la serenidad, cosa que necesitamos para reenfocarnos en la dirección correcta y así poder continuar con nuestra vida de forma más útil, para nosotros mismos y para los demás.

Lo malo es que este concepto de “pararse” no está bien visto en nuestra sociedad, en la que se suele entender la quietud como un sinónimo de vagancia, de miedo o de incompetencia.

Hace unos años asistí al interesantísimo taller de un conocido coach holandés, especializado en motivación y “activación” personal, y hoy me ha venido a la mente una impactante historia personal que nos explicó.

Él nos contó que, tiempo atrás, había dejado de trabajar como directivo en una empresa porque no se sentía bien con aquel trabajo, que no le llenaba a nivel personal y solo le daba beneficios económicos.

Durante un tiempo estuvo buscando otro empleo pero, cuando sus ahorros se fueron reduciendo drásticamente, empezó a desesperarse al no encontrarlo.

Esto no constituía ninguna sorpresa para mí porque, en aquel momento, yo llevaba varios meses también en búsqueda de empleo y conocía la sensación en primera persona de ser un desempleado sin recursos.

Lo que llamó mi atención, y rescato ahora para escribir este artículo, fue lo que nos dijo respecto a lo que hizo en un momento dado, cuando más agobiado se sentía.

Para nuestra sorpresa, aquel coach reconocido internacionalmente que había ayudado tanto a personas como a empresas a alcanzar el éxito, nos confesó que lo que le ayudó a encontrar la dirección que le hizo cambiar y mejorar su vida fue, simplemente…

¡Pararse!

mar-rumorolas

Apartó de su pensamiento lo que el mundo le decía que “debía hacer” (conseguir un trabajo para poder pagar las facturas y ser un ciudadano normal, aunque posiblemente infeliz) para crear un espacio de calma, escuchar a su interior y comprender lo que realmente “quería hacer” con su vida, que era dedicarse a ayudar a otras personas para que también encontrasen el objetivo vital que les hiciera más felices, cosa que realiza felizmente desde entonces y con notable éxito.

Este es un ejemplo de alguien que ha alcanzado notoriedad pero ¡hay tantas personas que han mejorado sus vidas después de pasar por un período de calma “forzada” por ellos mismos! incluso enfrentándose a la opinión de muchos de los que les rodeaban, como fue mi propio caso.

El proceso no es automático, hay que hacerlo de forma consciente y, para mí,  consta de tres fases principales:

  1. Parar
  2. Respirar
  3. Escuchar

Parar, respirar y escuchar son tres sencillas acciones que todos estamos capacitados para hacer, aunque la sociedad no nos lo ponga fácil, es cierto.

Parar no quiere decir literalmente abandonar todo movimiento para dedicarse a la “vida contemplativa”, como hacen los ermitaños o los gurús espirituales. “Parar” significa dejar de actuar por inercia o, como diría mi compañera en unas formaciones que realizo, “dejar de correr como un pollo sin cabeza”, sin un rumbo ni objetivos claros.

A veces conllevará una cierta falta de actividad física, pero puede tratarse de un corto período o, incluso, de un tiempo que nos marquemos dentro del resto de actividades diarias y que, si respetamos con rigor, nos dará muchos beneficios. Podemos aprovechar este tiempo para hacer meditación, yoga o, simplemente, para pasear o sentarnos tranquilamente donde nos encontremos bien y relajarnos, alejando las preocupaciones y lo que tanto nos agobia.

RespirarCuando hayamos encontrado este espacio de tranquilidad, lo siguiente que debemos hacer es respirar, simplemente, pero de forma consciente, llevando toda nuestra atención a esa cotidiana acción que realizamos de forma automática.

Al respirar hay que notar qué es lo que se mueve en nuestro cuerpo: el pecho, el diafragma o el abdomen para aquellos que sepan hacer la respiración abdominal, muy recomendable para relajarse aún más.

Al concentrarnos en la respiración ayudaremos a nuestro cerebro a abandonar los pensamientos que nos molestan y a alejar de nosotros el “ruido” que nos envuelve, no solo los sonidos del ambiente (tráfico, obras en la calle, vecinos, etc.) sino, lo que es aún más importante, aquellas voces que no dejan de resonar en nuestro cerebro diciéndonos que debemos enviar currículums constantemente, que las facturas no se pagan solas, que debemos cambiar algún hábito, etc.; todo eso que ya sabemos y que, en estos momentos, no nos ayuda en absoluto para conseguir la calma que necesitamos.

Y, por último, debemos escuchar.

Esto, aunque aparentemente es tan sencillo, suele ser lo que más cuesta de este proceso, porque se trata de escuchar-nos, de poner atención en lo que nuestro interior nos está gritando desde hace tiempo y que nosotros, seres que hemos descuidado nuestra parte emocional con los años, hemos dejado no solo de “escuchar” sino, incluso, simplemente de oír a nivel más superficial.

Voz interior

¿Cuándo fue la última vez que hicimos caso a alguna intuición espontánea que tuvimos? ¿Podemos recordar ese momento?

Hacer este ejercicio nos servirá para darnos cuenta de en qué consiste esto de “escuchar” a nuestro interior. Se trata de captar y valorar la primera idea o sensación que surge y que nos provoca algún movimiento a nivel de vibración interna, ya sea positiva (señal de que es lo que queremos realmente) o de rechazo.

En términos de Inteligencia emocional, a identificar estas sensaciones se le llama resonar.

Como bien dice el refranero: “la primera intención es la que vale” y es muy cierto, porque esa intuición (también llamada corazonada) es la que surge de nuestro interior, que es donde reside nuestra auténtica sabiduría, la de cada uno.

Nadie mejor que nosotros sabe realmente lo que nos conviene de verdad para ser felices, lo que pasa es que nuestros miedos, inseguridades y creencias limitantes muchas veces nos juegan una mala pasada y no nos dejan aceptarlo y actuar en consecuencia, o ni siquiera escucharlo.

Yo también he tenido que parar durante una temporada de escribir en este blog, porque tuve que dedicar mis energías a otras cosas que mi interior me decía que necesitaba para mejorar mis expectativas de futuro.

Y ahora ¿os apetece escucharos más a partir de ahora?

Os animo a hacerlo.

Voz interior, M. Gandhi

 

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Alejandro Gómez Gómez: su historia

La siguiente carta de un joven que sufrió acoso escolar, escrita para ayudar a los que lo sufren hoy en día, es digna de ser leída y compartida.
Nadie tiene ningún derecho sobre los demás por absolutamente ningún motivo.
Y, como se dice en la carta: la responsabilidad del acoso está más compartida por padres y enseñantes de lo que solemos pensar.
¡Todos somos diferentes! y por eso también somos especiales y dignos de respeto por los demás.

Bailar bajo la lluvia

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Carta de un alumno de 1º de Integración Social del Colegio San José de la Guía que ha decidido contar su historia para sensibilizar sobre el acoso escolar y visibilizar la diversidad:

“Ha llegado el día en el que quiero desnudarme, dejar todo aquello que cubre mi cuerpo encima de la verdad y mostrarme tal y cómo soy, sin más.

Las decisiones requieren tiempo, tanto tiempo como despojarse de lo que pesa, de lo que estorba, de lo que molesta… Pudiera parecer que el tiempo es nuestro enemigo, pero no lo es. A veces, se vuelve compañero de viaje, aliado de la razón, socio de un futuro tan incierto cómo prometedor… Y mientras me voy deshaciendo de la ropa vieja, de los trapos rotos, el tiempo se encarga de tapar las cicatrices de unas heridas que ya no duelen, pero que sólo yo he vivido, que sólo yo noto.

Y…

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Cuando atacan lo que amamos

ira

El hecho de amar es algo por lo que los humanos no solamente disfrutamos sino que también sufrimos.

Y es así porque, de otra manera, no valoraríamos bastante aquello que amamos, simplemente porque al tenerlo no nos damos cuenta de lo mucho que significa para nosotros.

Esto me ha pasado hace unos días cuando leí, en un importante periódico, un artículo en el que se ridiculizaba y denigraba -en un intento más que nefasto de hacerlo en clave de humor- a una institución de la que formo parte desde mi juventud, gracias a  la que he vivido momentos de mi vida verdaderamente extraordinarios y en la que he conocido a personas de una gran calidad humana.

Me refiero a la Tuna, de la que soy un orgulloso miembro veterano de la antigua Tuna de Aparejadores de Barcelona.

Como digo, a veces tenemos que sentir dolor para darnos cuenta de la magnitud que alcanza nuestro amor por algo o por alguien, lo cual muchas veces ocurre demasiado tarde ya que ese dolor puede venir por la pérdida definitiva de eso que amamos.

Por eso creo que debemos dedicar parte de nuestras energías a disfrutar más y mejor de lo que queremos y, cuando se trate de personas, a hacerles saber lo que sentimos por ellas, para que ese amor no se vaya un día sin que hayamos podido disfrutar al máximo de él.

A continuación adjunto un texto que escribí en relación a ese artículo y a mis impresiones (y de la gran mayoría de mis compañeros de diferentes tunas) de lo mucho que se puede dañar a una profesión que admiro sobremanera, como es el periodismo, cuando se permite publicar en los medios a personas que no son lo bastante conscientes del daño que pueden hacer con sus palabras.

¡Ojalá que aprendamos a valorar más todo lo que amamos!

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Cuando se confunde “columnista” con “calumnista”

He leído con cierto estupor, y más tristeza aún, cómo una persona que tiene el privilegio de publicar sus artículos en un periódico de alcance estatal, y que además fue profesor de periodismo en una universidad internacional, utilizaba el poder mediático que confieren las páginas de un diario para intentar denigrar a toda una institución centenaria como es la Tuna, además de hacer comentarios ofensivos sobre otros colectivos como son las mujeres y los estudiantes universitarios.

Este 28 de noviembre el Sr. Joaquín Luna, en su columna de la sección de Opinión de La Vanguardia, escribía un artículo (que no pienso denominar “periodístico” porque sería ofender a los miembros de esta profesión) en el que bajo el título “¿Hay que acabar con las tunas?” hacía gala de uno de los peores estilos que un profesional de las letras puede usar: el de la calumnia barata, soez y sin más fundamento que, posiblemente, alguna desgraciada experiencia personal con miembros de la tuna que, como él mismo dice en el texto, debieron traumatizarle en tiempos pasados.

No estaría invirtiendo mi tiempo en escribir al respecto si no fuera porque considero una grave falta de criterio por parte de La Vanguardia, periódico que leo por la diversidad de opiniones que expone, el hecho de publicar artículos de este tipo, aunque sea en la sección de Opinión, puesto que para ejercer la libertad de expresión con “opiniones” personales de este tipo existen otros canales que considero más adecuados, como son los blogs o las páginas web privadas, y no los medios de comunicación con un alcance  e influencia mediática tan importantes como la prensa diaria.

Joaquín Luna, articulista que por su trayectoria parece buscar la polémica fácil (puede que por aquello de “que hablen mal de mí, pero que hablen”) creo sinceramente que no hace honor a su profesión de periodista cuando no solo menosprecia a los miembros de un colectivo —la Tuna— del que forman parte muchísimos  profesionales de todas las ramas de las ciencias, las artes y las letras de nuestro país, algunos de ellos con reconocimiento nacional e internacional, sino que también insulta a las mujeres atribuyéndoles la función de “reclamo” para incentivar el voto de los estudiantes en las elecciones al rectorado de la Universitat de Barcelona (a otras las llama directamente “bobas” en su artículo) y también a los universitarios actuales tachándolos poco menos que de irresponsables y borrachos.

Al leer este compendio de insensateces, por calificarlas de una forma suave, he sentido auténtica indignación por todo el daño que este mensaje puede ejercer con sus frases envenenadas y soeces en todo aquél que lo lea: unos por sentirse ofendidos y otros por ver reforzadas sus enfermizas ideas machistas o intolerantes, respecto a la diversidad de opiniones, de los que no piensan como ellos.

Incluso en un indescriptible gesto de mal gusto, que podría hasta incurrir en un delito de incitación al odio y a la violencia, Joaquín Luna escribe lo siguiente, haciendo referencia a otro posible reclamo para la participación electoral de los estudiantes: “Prometo colgar del mástil del edificio central al tuno dicharachero…”

En honor al fomento de una verdadera y sana libertad de expresión me hubiera parecido totalmente razonable que el autor del artículo hubiera expresado su opinión en contra de la tuna, puesto que sobre gustos no hay nada escrito, pero desde el respeto y la responsabilidad que todo verdadero profesional del periodismo debe mantener cuando utiliza los medios de comunicación de masas para expresar sus ideas.

Definitivamente, creo que los responsables de los medios de comunicación tienen la obligación de velar para que la información que difundan al resto de la población sea de la máxima calidad y rigor, incluso cuando se trate de opiniones personales que se quieran expresar en clave de humor, de lo contrario estarán favoreciendo que columnistas que no dominen el arte de la sátira o la ironía, confundan los términos y se conviertan en meros “calumnistas”, haciendo un flaco favor al periodismo en particular y a la sociedad en general.

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¡Socorro! han secuestrado la Educación

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Observando lo que está pasando a nivel mundial de los últimos tiempos, se reafirma aún más en mí la convicción de que nos encontramos ante un grave problema educacional que, desde hace años, está creando generaciones de ciudadanos fácilmente manipulables por aquellos que manejan la política y la economía.

En varios países se están imponiendo los argumentos populistas frente a los integradores, la solidaridad mundial está cayendo en picado sustituida por antiguas ideas aislacionistas y segregadoras, aumenta el racismo y la xenofobia, la desigualdad social es cada vez mayor, se alimentan de forma institucional el odio y la violencia hacia colectivos marginales y otros que habían alcanzado un cierto grado de reconocimiento por la sociedad en general,…

¿Y todo esto a cambio de qué? ¿qué es lo que está causando que se dividan cada vez más los pueblos, en lugar de unirse bajo el paraguas de la Humanidad?

Simplemente que el miedo y la desesperación dominan a millones de personas, que viven en condiciones cada vez peores siendo blanco fácil de la manipulación que ejercen sobre ellos los políticos sin escrúpulos y sus “socios” —muchos de ellos responsables precisamente de esas penosas condiciones de vida— que intoxican a los ciudadanos con discursos llenos de esperanzas de mejora a corto plazo en los que responsabilizan a las minorías de unas desgracias que, grotescamente, han creado ellos mismos al mantener en marcha un sistema de vida ruinoso (a nivel económico, social y medioambiental) que solo les reporta enormes beneficios a ellos, a costa del empobrecimiento y el desastre global.

¿Y cómo es posible que en pleno siglo XXI ocurra esto, que tantas personas se dejen manipular y engañar de una forma tan flagrante viviendo en la era de la tecnología y del acceso a la “información”?

Mi teoría es que hace tiempo que en diversos países se ha facilitado la manipulación y el control de la ciudadanía gracias a reducir la calidad de la educación a nivel estatal y de impedir la implantación de recursos educativos que fomenten el desarrollo individual de las personas.

No hace falta ir muy lejos para comprobarlo.

recortes-ensenanzaEn nuestro propio país se han “recortado” drásticamente los presupuestos en la educación pública, se han reducido el número de docentes y aumentado los ratios de alumnos en las clases, se han eliminado o reducido las asignaturas relacionadas con las Humanidades y las Artes —las que fomentan el desarrollo personal del alumno e implantan la “semilla” de la que nacen el criterio individual y el pensamiento crítico—; se han creado nuevos tipos de estudios absolutamente especializados que, en muchas ocasiones, carecen del suficiente contexto dentro del sector escogido para que el alumno (futuro profesional) se sienta convenientemente integrado en su entorno laboral sino que, para su desgracia, le convierten en un mero peón de la maquinaria empresarial con pocas posibilidades de desarrollo, a menos que realice constantemente nuevos estudios (másters o post-grados igualmente especializados), si es que tiene los suficientes recursos económicos para ello, claro.

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Esta política en Educación ha creado ciudadanos que se parecen más a meros robots que a personas librepensadoras, como hubiera sido de esperar después de las revoluciones sociales que se han vivido  en etapas anteriores.

Por eso creo que, si queremos recuperar los valores que nos permitan devolver la cordura a este mundo que parece cada vez más carente de ella, debemos hacer un esfuerzo importante para mejorar la educación de nuestros hijos y de las generaciones venideras.

Debemos educar para que los niños y los jóvenes tengan independencia de criterio, fundamentada en la información —veraz y contrastada— y en el compromiso hacia su propio desarrollo y el de su comunidad que se apoye en valores de equidad, solidaridad y compañerismo, sin dejar de lado la ambición personal pero sin que ello actúe en detrimento de los demás.

Educar para no dejarnos manipular por los que solo buscan su propio interés y el de quienes les apoyan, concretando los ideales en acciones con las que defender el derecho a una vida plena para todos.

Educar para aceptarse tal y como se es y para respetar a los demás, teniendo también su respeto.

Educar para asimilar y nutrirse de la diversidad, tanto de opinión como de capacidades, gustos o creencias.

Educar para rodearnos de personas libres de verdad, no de falsos o engañados ciudadanos de un utópico e inexistente “estado del bienestar”.

Educar educándonos, escuchando todas las voces para enriquecernos y aprender, sin querer convencer ni pensar que lo nuestro es siempre lo mejor, sino estando abiertos a nuevas ideas que se puedan sumar a las nuestras y crear algo aún mejor que lo que pensábamos.

aclamacion-hitlerEducar para aprender de la Historia y no repetir los mismos errores que se cometieron en el pasado, como puede pasar —y está pasando—  al seguir apoyando en las urnas a impresentables y vergonzantes títeres de los auténticos poderes en la sombra, aquellos que solo buscan su continuo enriquecimiento gracias al dominio socioeconómico de las masas.

Educar, en definitiva, para vivir en libertad ¡todos! y no dejarnos convencer por engañosos argumentos, mediocres y dignos de los más bajos instintos humanos, y por soluciones catastróficas que solo benefician a unos pocos y perjudican a la inmensa mayoría.

Educar a nuestros hijos es nuestra responsabilidad y si la dejamos en las manos de otros, sin ejercer control sobre ello, también será nuestra culpa el vivir cada día peor y perder todos aquellos valores y derechos por los que nuestros padres y abuelos, y tantos otros, lucharon e incluso murieron.

¿Vamos a seguir consintiendo que secuestren la educación de nuestros hijos?

“Lo que puede hacer un hombre solo directamente es poco,

pero si puede animar a diez compañeros a seguir la tarea,

habrá conseguido un gran reto.”

(Wilbur Wright, co-constructor del primer aeroplano)

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Hacer limpieza

 

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Hace mucho que no escribo en este blog, no por falta de ganas sino de tiempo e inspiración, pero algo que me ha dicho una amiga me ha hecho pensar en el título de este artículo y, de ahí a ponerme a escribir, solo ha habido un momento de indecisión.

Al decirle a mi amiga que estaba sufriendo un fuerte resfriado ella me ha dicho algo como: “ya sabes, toca hacer limpieza…”.

Con esta breve frase no se estaba refiriendo a que debía limpiar mi casa sino algo mucho más profundo.

Desde hace mucho tiempo se sabe que nuestro cuerpo reacciona de una manera u otra ante las emociones que sentimos, somatizándolas, sobre todo cuando no actuamos de forma coherente con ellas: el cuerpo nos avisa de diferentes formas (malestar, enfermedad, dolor,…), de que algo no estamos haciendo bien y de que no vamos en la dirección correcta.

Nuestro cuerpo es sabio, lástima que la mayoría de nosotros no sepamos escuchar esa sabiduría, en muchas ocasiones.

resfriadoConcretamente, respecto a las gripes y los resfriados, se piensa que en muchos casos son una manifestación corporal de que necesitamos “hacer limpieza” a nivel emocional, ya sea porque haya una situación que nos desagrade y no sepamos cómo solucionarla, porque queramos evitar un conflicto o porque nos sintamos confundidos ante algo o alguien, entre otros motivos.

Los catarros no se producen solamente en épocas frías del año, sino que estamos expuestos a ellos en cualquier momento, incluso en verano,  justificándolos entonces con la posibilidad de “recibir golpes de aire” o de tomar bebidas demasiado frías lo cual, de ser siempre cierto, tendría que provocar resfriados en la mayor parte de la población ya que las formas de actuar son muy parecidas para la mayoría de las personas coincidiendo con las estaciones del año.

Lo que sí es cierto es que la bajada de las defensas que provoca en nosotros el estar sometidos a una presión inusual, por alguna circunstancia que nos agobie especialmente, puede dejar la puerta abierta a que cualquier pequeña causa externa (una corriente de aire, mojarnos por la lluvia, una bebida fría,…) nos afecte de forma virulenta, aunque las mismas circunstancias no causen el mismo efecto en los demás.

En los siguientes enlaces se pueden leer reflexiones más detalladas sobre este tema:

http://josemanuelromerolopez.blogspot.com.es/2010/01/resfriados.html

https://www.facebook.com/note.php?note_id=233497540339

El resfriado puede ser una manifestación corporal de que algo nos está agobiando mucho (nos sentimos “hasta las narices” por algo) y de que necesitamos apartarnos de todo y de todos temporalmente para poner orden en nuestra vida, a lo cual nos ayudan los síntomas de las gripes y catarros  (estornudos, tos, mucosidad, flemas,…) que causan que los demás no quieran acercarse a nosotros por miedo al contagio y justifiquen nuestro aislamiento o incapacidad temporal para hacer “vida normal”.

Cuando la confusión y el agobio nos dominan necesitamos apartarnos de lo que las causan e, incluso, de nuestro entorno en general, para poder retraernos sobre nosotros mismos, pensar, reflexionar y tomar decisiones con mayor perspectiva y seguridad; y esos momentos de interiorización “forzada” nos los brinda el molesto resfriado, cuando no somos capaces de alcanzarlos por nosotros mismos al carecer de suficientes recursos personales en materia de gestión emocional.

Como dije antes: el cuerpo es sabio.

Podemos creer en ello o no pero, en mi caso, mi amiga me ha hecho darme cuenta que en esta ocasión puede ser así al señalarme que “tenía que hacer limpieza por algo” puesto que, inmediatamente, he identificado cuál podía ser la situación que me estaba agobiando y que no quería afrontar.

Conocer nuestro cuerpo nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos y a actuar de forma más coherente respecto al conjunto formado por nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu, lo que nos da la tranquilidad y serenidad que, para los que no soñamos con tener un Ferrari en el garaje de nuestra mansión de Miami, también se suele llamar…

Felicidad.

quiet

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Un murmullo de “equidad”

murmullo

Esta mañana, cuando acababa mis ejercicios de Chi kung, me vinieron a la mente una serie de palabras sueltas, aparentemente sin conexión. Esto me suele ocurrir en un momento de la práctica en que intento escuchar lo que mi interior me quiere decir.

Una de esas palabras, de esos inquietantes murmullos que salían de dentro de mí, me llamó especialmente la atención porque se trata de un concepto que no suelo manejar habitualmente; era EQUIDAD.

Al buscar su definición he encontrado varias en Internet, la mayoría relacionadas con el concepto de Justicia.

Una de esas definiciones es:

“Cualidad que consiste en dar a cada uno lo que se merece

en función de sus méritos o condiciones.”

Equidad no es lo mismo que igualdad, es algo más complejo porque introduce el concepto de merecimiento, en función de las características de cada persona, como se ejemplifica en esta imagen:  igualdad_equidad

Pero he encontrado una definición en especial que me ha llevado a reflexionar… y a escribir este artículo:

“Equidad: cualidad que consiste en

NO favorecer en el trato a una persona

perjudicando a otra.”

Automáticamente, al leer esta definición, en lo que he pensado no es en dos personas ajenas a mí, como si yo fuera el “tercero” en algún tipo de proceso negociador o de mediación, sino en lo que me ha pasado muchas veces en mi vida siendo yo uno de los protagonistas: me refiero a escoger verme perjudicado —voluntaria y resignadamente— para favorecer o hacer caso a otras personas, ya fueran familiares, amigos, parejas, socios, etc.

Esto no tendría mayor relevancia —incluso podría entenderse como un acto de “heroico” sacrificio— si no fuera porque, en la inmensa mayoría de los casos, no existía la más mínima justificación que apoyara esa forma de actuar, sino que simplemente tomé la decisión de hacerlo así por evitar un enfrentamiento con la otra persona (por auténtica cobardía o inseguridad) o porque tenía miedo a que la otra persona me dejara de “querer”, fuera cual fuese su relación conmigo, lo cual también estaba motivado por la inseguridad y por la baja auto-estima que me han acompañado durante una gran parte de mi vida.

Actuar con equidad significa darle a cada uno lo que se merece, por lo tanto, la coherencia y la lógica me dicen que también tendré que darme a mí mismo lo que creo que me merezco ¿no es así?

A modo de ejemplo, si alguien me pide que haga algo que no me apetece en absoluto hacer, porque sé que me va a provocar pasar un mal rato sin darme ninguna satisfacción a cambio, y la única razón para hacerlo es darle placer a la otra persona, sin ninguna otra motivación más importante ¿tiene alguna lógica hacerlo?

Ahora sé que no.

Según una frase de nuestro refranero popular actuar así sería como “desvestir a un santo para vestir a otro”, algo totalmente absurdo.

En esta situación uno sale ganando —el otro— gracias a que yo pierdo, por lo que el resultado, matemáticamente hablando, sería el mismo que si el otro pierde y yo gano solo que, en este último caso, yo estaría cumpliendo con un precepto básico a nivel emocional: el de quererme a mí mismo y cuidarme, para estar lo mejor posible y así poder dar a los demás lo mejor de mí.

bombero-con-nina-en-brazosAlgo muy diferente es cuando nos sacrificamos por los demás de forma totalmente consciente y con una intencionalidad positiva, no con resignación  sino con una motivación más elevada. En este caso lo más seguro es que sí se produzca un resultado favorable en la ecuación: posiblemente habrá algún beneficio para otras personas que a nosotros nos reporte una satisfacción saludable, incluso con algún tipo de crecimiento personal, para nosotros y/o también para los demás.

Al fin y al cabo, en este caso habremos actuado con equidad, ya que habremos hecho lo que creemos que el otro u otros se merecían realmente, sin perjudicarnos de forma importante a nosotros mismos, ya que eso nos habrá proporcionado algún tipo de beneficio real, y no ficticio como me pasaba a mí debido a mis inseguridades.

Pensando sobre este artículo me han venido a la mente las últimas frases de un artículo de La Vanguardia (La Contra, 7-9-16), artículo que me pareció muy interesante en su totalidad. En él, Pascual Girons, una persona que se ha hecho a sí misma renaciendo de sus cenizas como empresario arruinado para alcanzar el éxito, profesional y sobre todo como persona, dice lo siguiente en la entrevista que le hace el periodista:

       P. Girons:  Tus miedos son una ilusión mental para que no                    actúes. Sé libre: quiérelo todo pero sin necesitarlo, sin                          apegarte, sin dependencia.

       Periodista: ¿Lo mismo en las relaciones amorosas?

       P. Girons: Sí: “Te amo, pero no te necesito” es buen amor. Mal              amor es apego y dependencia. Todo aquello a lo que te                          apegues te hará sufrir. ¡La libertad es no tener miedo a                          perder nada!

Actuar con equidad, para mí, es comportarnos con esta libertad de la que habla Pascual Girons: hacer lo que realmente queremos hacer, sin estar coaccionados  por el apego a los demás —o a las cosas— ni por el miedo a perderlos, eso solo nos lleva a sentirnos encerrados en un círculo vicioso que nos hemos creado nosotros mismos, lo cual aún puede ser más triste cuando nos damos cuenta que las decisiones siempre han sido completamente nuestras.

Mi experiencia me ha demostrado que dejarme ver como realmente soy, y decir “no” cuando siento que debo decirlo, me ha dado más beneficios que disgustos, entre ellos ser más respetado y querido por aquellas personas a las que les gusto tal y como soy, sin trampas ni engaños. Por tanto, si debemos acabar perdiendo algo o a alguien es porque realmente es lo mejor para nosotros en ese momento, aunque en un principio no sepamos verlo así.

Busquemos ser más equitativos entre nosotros, dando a cada cual lo que se merece y también a nosotros mismos porque ¿quién mejor que nosotros sabe lo que realmente nos conviene de verdad?

Siempre, claro está, que queramos escuchar esos “inquietantes murmullos” de nuestro interior…

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La vida no es de color de rosa

El mundo color de rosa

Pues no, siento desengañar a algunos o perjudicar a otros con esta afirmación pero es la pura verdad: la vida no es de color de rosa… para nadie.

¡Y menos mal! Si continúas leyendo comprenderás por qué digo esto.

Aunque algunos nos dediquemos —o queramos hacerlo— a esto de potenciar la Inteligencia Emocional, o a usar los recursos del Coaching o la Psicología para ayudar a que otras personas tengan una vida más feliz, eso no se debe confundir en absoluto con que queramos convencer al resto de la Humanidad de que debemos aspirar a tener una vida carente de dificultades.

Por lo menos no es eso lo que queremos transmitir, a aquellos que creen en nosotros, los que nos consideramos honestos.

La vida no es fácil.

Y esto no solamente es así sino que ¡tiene que ser así!

Como ya he dicho en algún otro artículo: enfrentarse a los problemas y a las dificultades es la única manera que tiene el ser humano de aprender y de desarrollar plenamente su potencial.

Sin reto no hay aprendizaje, así de simple.

Si la vida fuera realmente un camino de rosas —y, además, sin espinas— posiblemente no avanzaríamos más allá de aprender a llevarnos la comida a la boca.

Desde que nacemos estamos continuamente superando dificultades que nos hacen aprender nuevas cosas. Vamos a verlo en seguida.

Cuando somos bebés lloramos para indicar que nos ocurre algo, lo que nuestros padres o cuidadores deben  adivinar, hasta que aprendemos a hablar.

Nos arrastramos por el suelo, con una visión muy limitada y aburrida del mundo, hasta que aprendemos a caminar.

En la escuela soportamos las bromas y malas pasadas de los demás, hasta que aprendemos a defendernos, abriéndonos a la dureza de la cruda realidad. Esto mismo, nuestros antepasados más lejanos lo aprendían cuando algún animal se los quería devorar, así que no nos quejemos demasiado….

Pareja adolescente enfadadaMás adelante nos enfrentamos a los primeros rechazos y desengaños sentimentales, aprendiendo a rehacernos después de sentirnos hundidos en la más profunda de las tristezas. Aquí nos encontramos ante ese concepto que hoy se escucha tanto: la resiliencia.

Cuando por fin tenemos una carrera profesional se nos puede echar encima todo un abanico de desagradables dificultades (sueldos insuficientes, horarios agotadores, compañeros insufribles, jefes despóticos, tareas incomprensibles,…) lo que nos hace aprender montones de cosas: a mejorar nuestra comunicación, a tener mayor flexibilidad, auto-control, astucia, diplomacia, resolutividad, creatividad o empatía, entre otras muchas. Y también aprendemos a querernos más y a protegernos, a veces haciéndonos respetar y, otras, buscando nuevas posibilidades laborales.

Si tenemos alguna pasión fuera del trabajo, como una afición o la práctica de un deporte, tendremos dificultades para practicarlos, como los compromisos y responsabilidades que hayamos ido adquiriendo, lo que nos ayudará en el aprendizaje sobre la gestión de nuestro tiempo y en el de clarificar nuestras prioridades, temas absolutamente importantes en la vida de toda persona.

La vida en pareja también está llena de inconvenientes, evidentemente superables en la mayoría de los casos, pero que nos ayudan a aprender mucho, como a ser más asertivos y empáticos, a mejorar nuestra comunicación y a negociar sobre nuestras preferencias, a ser creativos e imaginativos (elementos clave para esquivar la tan devastadora “rutina conyugal”), a administrar mejor los recursos de que disponemos (en pareja se suelen hacer planes de futuro que requieren planificación económica y estratégica) e incluso podemos aprender a gestionar los conflictos que pueden aparecer con amigos, familiares, los hijos, etc.

¡Oh! parece que esto de tener pareja es un curso intensivo sobre Competencias, tampoco es todo lo de color de rosa que parece cuando nos enamoramos ¿verdad?

¿Quiero decir con todo esto que es imposible ser felices?

¡Para nada!

Relax-montañaSimplemente hay que entender que el ser feliz es un concepto muy subjetivo: para unos significará una cosa y para otros otra pero, para todo el mundo igual, está ligado a nuestras capacidades y actitudes para afrontar los problemas y las dificultades que, como ya hemos visto, es seguro que van a aparecer en nuestro camino, por muchas soluciones “milagrosas” y métodos extraordinarios que nos propongan los “gurús” de turno.

La vida no es fácil porque, si lo fuera, tampoco le daríamos el suficiente valor. Las personas solo valoramos aquello que nos cuesta conseguir, lo que nos viene dado ni siquiera lo percibimos muchas veces. Sino, pensemos en algo tan simple como el agua corriente.

Cuando yo era pequeño pasaba los veranos en el pueblo de mi madre. Allí no tenían agua corriente y teníamos que ir cada día a coger agua de la fuente, tanto para beber, como para cocinar, como para el aseo diario. Tener agua en casa significaba ir con los cántaros hasta una de las fuentes, llenarlos (eludiendo los ataques de las furiosas avispas que siempre rondaban buscando la humedad) y cargar con ellos de nuevo hasta la casa de mi abuela. Os aseguro que cada gota de agua que usábamos era muy valiosa para nosotros ¡porque nos costaba un esfuerzo importante tenerla a mano en casa!

¿Es acaso la misma sensación que cuando hoy abrimos simplemente el grifo del agua y tenemos toda la que queremos?

En absoluto, ni siquiera le damos la más mínima importancia y llegamos a derrochar ese preciado bien, dejando correr el agua de forma innecesaria muchas veces.

En resumidas cuentas: la vida no es fácil, ni de color de rosa… sino de todos los colores del arcoíris y de muchos más, como los del atardecer que estoy viendo mientras escribo esto, mirando el puerto de mi ciudad.

Porque eso es también la vida: un conjunto de momentos estupendos e irrepetibles, entre otros que nos pueden parecer malos pero sin los que el resto ya no tendría el mismo sentido.

Entonces…

¿para qué queremos que la vida sea solamente de color de rosa?

Anochecer, puerto desde Montjuich-1

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La buena vida

Envejecer juntos

Ayer cumplí 51 años.

Como me dijo mi hija “ahora sí que ya tengo medio siglo” porque he traspasado la puerta de los 50; hasta ayer aún estaba en el umbral.

Por suerte para mí esto no representa ningún trauma, pero muchas personas lo viven de forma diferente  y se me ha ocurrido escribir sobre ello.

Desde que era pequeño he escuchado opiniones diversas respecto al hecho de cumplir años:

“uffff, ya soy un año más viejo.”

“Ya me queda un año menos de vida.”

“Tengo un año más de experiencias vividas.”

“Soy un año más sabio.”

“Creo que voy a empezar a quitarme años en lugar de añadirlos.”

Hay para todos los gustos.

La realidad es que la vida avanza inexorablemente, como un reloj con su casi perfecta maquinaria, hasta que un día ese reloj se detiene… para todos.

Lo que marca cómo vivamos nuestra vida no es ni el dinero que tengamos, ni nuestros orígenes, ni las limitaciones con que nos toque vivir; eso son circunstancias que muchas personas comparten y que, sin embargo, tienen resultados diferentes para muchas de ellas.

Lo que dirigirá nuestra vida en un sentido o en otro es, realmente, la actitud que tengamos ante la propia vida.

Hay personas que viven permanentemente con miedo, ya sea a la muerte, al fracaso, al rechazo, etc.; todo lo hacen con temor a que sea la causa de ese momento tan poco deseado. Ese miedo perpetuo no les deja disfrutar de los momentos y las circunstancias que les rodean o de las que podrían vivir, simplemente porque lo único que perciben son constantes peligros y, también, el miedo que —paradójicamente— les quiere salvar de ellos.

Esquí de riesgoOtras personas, en el polo opuesto, viven como si no fueran a ver el siguiente día, con una voracidad desbocada por disfrutar y experimentar todo aquello que puedan vivir, sin mesura ni equilibrio. Estas personas realmente vivirán mucho más que las primeras, pero también se perderán cosas importantes porque, es tan grande su deseo de vivir cada momento con absoluta intensidad, que dejan de lado situaciones y personas que les podrían aportar cosas tan grandes como momentos de silencio o de reflexión interior, con los que podrían descubrir la esencia de otros mundos que nunca conocerán, posiblemente más profundos que el que viven.

También están las personas que, simplemente, pasan por la vida de puntillas, sin hacer ruido y casi sin dejar testimonio de su presencia en el mundo. Son las que se dejan arrastrar por la corriente, sin tener en ningún momento el control de sus vidas, sino que viven lo que los demás quieren que vivan. Estas personas conocen el mundo prácticamente a través de los ojos de los demás, de aquellos que los quieren hacer “a su imagen y semejanza”, sin contar con sus verdaderos deseos y necesidades.

Durante mi “época oscura” yo fui uno de estos últimos. Fue tal mi anulación personal en aquellos años que mi cerebro, en un intento por salvaguardar mi cordura, borró de mi memoria la mayor parte de los recuerdos de aquella etapa —incluyendo la infancia de mis hijos—, época en que yo no supe disfrutar de mi familia ni ellos pudieron disfrutar de mí, de la persona que soy realmente quiero decir.

Puede que por esto ultimo yo esté buscando constantemente, desde que empecé mi gran cambio personal, la manera de apreciar mejor todos los momentos que vivo, ya sean buenos o “menos buenos”, porque he aprendido que de todo aquello que vivimos podemos extraer grandes aprendizajes que nos ayudarán a disfrutar de otros momentos mejores.

La vida pasa, para unos rápidamente y para otros más despacio, pero creo que lo importante es, precisamente, que no la dejemos pasar sin más, sino que la exprimamos hasta la ultima gota para poder decir, en nuestro ultimo momento, que ha valido la pena vivirla.

Para mí, la buena vida es la que me permite conocer nuevas personas continuamente, con las que puedo compartir tanto aventuras emocionantes, y vivir apasionadamente, como disfrutar de hermosos silencios o de luminosas puestas de sol. Es aquella en la que hay tiempo para todo, con emociones alegres que me hacen saltar o gritar y también tristes, que me permitan interiorizar más y descubrir mundos ocultos, como el de mi propio ser.

CariciaLa vida digna de ser vivida es, para mí, la que me sorprende continuamente con nuevos retos y, a la vez, la que me permite disfrutar de una caricia o una mirada en la que puedo encontrar toda la paz perdida durante años de incertidumbre.

Esta vida, la buena vida, es la que me hace aprender de aquel al que creía que yo estaba enseñando algo, y la que me permite mostrar a los demás todo aquello de lo que soy capaz porque me siento fuerte y seguro para hacerlo, sabiendo que el camino para llegar hasta allí pasa por sufrir muchas caídas, pero también incontables oportunidades para levantarme de nuevo… un poco más sabio.

La buena vida es aquella en la que, aunque me arrepienta de haber hecho algunas cosas, o de no haber hecho otras, siempre encuentro algo de lo que sentirme orgulloso.

Para mí, una vida que vale la pena haber vivido es la que me ha servido para dejar alguna huella en los que se quedarán cuando yo me vaya. Y no me refiero a haber hecho grandes obras ni a que alguien pueda encontrar una placa con mi nombre en algún monumento, sino a las semillas que he podido dejar a mi paso entre mis hijos, alumnos, familiares, amigos, compañeros o, incluso, entre desconocidos a los que en algún momento les haya podido aportar algo valioso para ellos.

Eso es como ser un poquito inmortal ¿no crees?

Esto es para mí tener una buena vida.

¿Y para ti, ya lo has pensado?

Si no te lo has planteado aún, hazlo; piensa en qué consistiría una buena vida para ti porque, pensándola, ya la estás creando…

Amanecer en el mar

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¿Problemas? ¡A por ellos!

Desesperación

“Y ahora ¿qué hago para resolver esto?

¡Pero si yo no tengo ni idea de estas cosas!”

¿Os suenan estas frases?

Me refiero a  ¿si os suenan haberlas dicho vosotros en alguna ocasión?

Las emociones que predominan, cuando nos enfrentamos a un problema del que creemos no conocer la solución, suelen ser la rabia, la tristeza o el miedo, que nos generan pensamientos totalmente negativos: “no lo voy a poder resolver”, “soy un inútil”,  “no me merezco esto”, “el mundo está en mi contra”,…

Normalmente nos suelen asaltar un abanico de sentimientos como impotencia, incredulidad, ignorancia, bloqueo, desorientación o incluso de injusticia: “¿por qué me pasa ésto a mí?”

Ante el problema podemos actuar, básicamente, de tres formas muy distintas:  con  pasividad, de forma reactiva o de forma proactiva.

La pasividad la demostramos cuando nos rendimos ante una circunstancia por la que nos sentimos sobrepasados, sin ver ninguna esperanza de solución. No sentimos ni siquiera enfado, sino la tan terrible resignación, dejando que el problema nos gane la partida.

La forma reactiva es la que suele provocar unEludir problemas visceral rechazo
hacia la circunstancia que nos está pasando: nos negamos a creer que eso sea real y volvemos la mirada hacia otro lado o eludimos nuestra responsabilidad, “pasándole la pelota” a otro.
También podemos enfadarnos, con otras personas o con el mundo en general, aunque no nos damos cuenta que, generalmente, ese enfado lo sentimos hacia nosotros mismos, por no vernos capaces de resolver el problema.

Y, por ultimo, está la forma proactiva, la más beneficiosa. Es cuando aceptamos el problema y lo analizamos, para encontrar posibles soluciones.

¿Por qué nos cuesta tanto actuar de forma proactiva ante los problemas? Posiblemente por una combinación de diferentes factores: inseguridades, miedo ante los imprevistos, falta de “entrenamiento” emocional, miedo al fracaso,…

Lo cierto es que las personas que suelen tener una mejor gestión de sus emociones son las que también actúan mejor ante los problemas, sin dejarse llevar por el miedo ni por la rabia, actitudes que anulan totalmente nuestra capacidad de razonar, que es precisamente lo que necesitamos en esos momentos.

Años atrás, cuando se me presentaba un problema para el que no me sentía preparado, recuerdo que me solía enfadar muchísimo y, en mis peores momentos, también había “tirado la toalla” o no había actuado con total responsabilidad, confiando su resolución a personas poco adecuadas, simplemente por no querer afrontar la cuestión. Como es lógico, esta forma de actuar me causó aún mayores perjuicios de los que seguramente me hubiera creado el problema original.

El trabajo sobre mi gestión emocional, que empecé hace un tiempo, me ha llevado a encarar las dificultades de una manera mucho más positiva. Salvo algunas excepciones (sigo siendo humano), cuando un problema me asalta siempre pienso

“¿para qué me pasa esto?”

¡Atención! He escrito “para qué”, en lugar de “por qué”, de forma intencionada. La diferencia puede parecer nimia, a simple vista, pero no lo es en absoluto.

Cuando usamos el “para qué” estamos buscando una finalidad, una motivación para la que ese hecho —el problema— se haya producido, lo cual lleva implícita algún tipo de acción, como mínimo la de pensar o analizar la situación, cosa que dificulta que se produzca un bloqueo o la simple pasividad.

En cambio, cuando utilizamos el “por qué” nos estamos refiriendo a la causa del problema, lo que en muchos casos no nos lleva más que a la incomprensión y a tener sensación de injusticia, puesto que esa causa puede ser algo tan ambiguo y confuso como una combinación catastrófica de diferentes circunstancias ajenas a nuestro control.

En mi caso, el hecho de pensar en cuál puede ser el motivo por lo que se me presenta el problema me suele llevar, casi siempre, a la misma conclusión:

“esto me pasa para que aprenda algo,

que me es necesario y que aún no sé.”

En muchas ocasiones, lo que he aprendido es algo referente a mí mismo de lo que no era consciente como, por ejemplo, mi capacidad para realizar diferentes tipos de reparaciones que implican una cierta habilidad manual o, incluso, interpretar normativas y leyes con sorprendentes buenos resultados, cosa que hasta hace poco me resultaba totalmente frustrante.

Los grandes beneficios que conlleva el actuar de esta manera, en cuestión de aumento de auto-estima y de auto-confianza, son evidentes.

Repetir-SimpsonTambién hay una variante, en cuanto a los problemas, que puede ser especialmente descorazonadora. Me refiero a cuando el problema se convierte en una situación repetitiva en el tiempo. No tiene que ser exactamente la misma situación la que se nos repita, pero será de la misma naturaleza.

Lo que nos puede salvar del desánimo en estos casos, para pasar a la pro-actividad, es el pensar que esa circunstancia se vuelve a repetir para que cerremos de una vez algún tema que tenemos pendiente en nuestra vida.

Pensemos un poco: si volvemos a vivir una circunstancia desagradable de la misma manera que las otras veces, y nos sigue afectando exactamente de la misma forma, la única razón es porque nos seguimos comportando de la misma manera que en ocasiones pasadas ante el mismo problema.

Aunque cueste de creer, el problema NO es la circunstancia en sí misma, sino cómo dejamos que esa circunstancia nos afecte y altere nuestro equilibrio emocional.

Si hacemos un pequeño ejercicio de memoria podremos ver la veracidad de esta afirmación: ¿cuántas veces hemos visto que dos personas diferentes reaccionan de forma distinta ante problemas exactamente iguales? incluso ante la pérdida o la separación de un ser querido, o la detección de una enfermedad grave.

Seguramente encontraremos varios casos en que haya ocurrido esto, lo que nos indica que la forma de actuar —o reaccionar— ante un problema siempre es una decisión nuestra, lo que ocurre es que no nos “entrenamos” para tomar esas decisiones de forma consciente, por lo que suele ser nuestro subconsciente el que lo hace.

Por tanto, ante un problema repetitivo, lo mejor es analizar cuál ha sido siempre nuestra forma de actuar ¡y buscar una manera distinta para hacerlo en esta ocasión! Podemos fallar, es cierto, pero si no probamos algo diferente, lo que es seguro es que seguiremos teniendo los mismos resultados, como ya dijo Albert Einstein.

albert-einstein

A donde quiero llegar con todo esto es a darnos cuenta que, en realidad, los problemas no son meras adversidades sino oportunidades para superarnos a nosotros mismos, para aprender cosas que no sabíamos y  conocer mucho mejor todo aquello de lo que somos capaces… que suele ser mucho más de lo que nos creemos.

 

 

 

 

 

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