Cómo era antes.

Para los que me conocían hace tan solo unos 15 años, esto es sobre el año 2000, yo me había vuelto una persona huraña, de carácter agrio, insulsa, tremendamente rígida, irritable, aparentemente sin sentimientos (porque prácticamente no los mostraba), es decir, absolutamente sin ninguna ”luz”.

¿Había sido siempre así?

No.

Yo recordaba etapas en las que había tenido amigos, en que me había sentido enamorado, ilusionado y con alegría ante la vida; siempre me había gustado reír, conversar, dar sorpresas y buscar momentos especiales, mostrando mi cariño a los que quería.

También es cierto que mi infancia y mi adolescencia no fueron demasiado felices, por motivos familiares y personales, y que siempre había envidiado a las personas de mi alrededor en las que yo veía aquellas cualidades que les hacían tener mayor visibilidad respecto a los demás, a los que otros seguían —incluso yo mismo— porque les inspiraban seguridad y confianza.

Después he aprendido que lo que yo envidiaba era la influencia que esas personas ejercían dentro de los grupos en que se encontraban, es decir, sus dotes de liderazgo.

Esta fue mi cara durante varios años “oscuros” de mi vida.

MI FOTO AÑO 2003

Quiero aclarar que no se trata de una fotografía hecha cuando tenía un mal día o en un momento puntual especialmente crítico: ¡esa era la cara que tenía en un día normal!

Dicen que la cara es el espejo del alma, ahora también tengo claro que esa frase es cierta, porque era tanto el dolor que me causaba ver la imagen de aquella persona fría y abominable en que me había convertido que, durante varios años, no pude mirarme en un espejo y ni siquiera soportaba ver mi reflejo en un escaparate cuando iba por la calle o aparecer en fotografías. Lo juro, esto no es ninguna invención literaria.

Durante aquella época en mi interior se estaba librando una lucha continua, implacable y agotadora. Cada día me enfrentaba, cuando conseguía levantarme de la cama, a una vida en la que me comportaba de una manera horrible con los que me querían y, sin embargo, yo no quería ser así. Sabía que les hacía daño y ser consciente de ello me hacía sufrir terriblemente pero, sencilla y frustrantemente para mí, NO SABÍA actuar de otra forma.

En mí se juntaron una serie de circunstancias personales que me llevaron a convertirme en un ogro, en un ser que, o bien causaba un impacto negativo en mis allegados o, simplemente, pasaba completamente desapercibido para los demás, llegando a sentirme un verdadero “hombre invisible” en muchas ocasiones.

En aquellos años también perdí el contacto prácticamente con todas mis amistades y mi vida se redujo a cumplir en el trabajo, sin ninguna ilusión ni aliciente, y a sufrir terriblemente en mis momentos de ocio por no saber disfrutar con mi familia y, aún peor, por ser consciente de lo mucho que ellos sufrían por mi mal carácter y mi frialdad.

Eso me llevó, entre otros perjuicios, a que mi mujer pidiera nuestra separación, quedándose con la custodia de nuestros dos hijos, cosa de lo que no puedo culparla en absoluto.

Una de las secuelas más dolorosas que me han quedado de aquella época es el tener borrada en mi memoria la mayor parte de la infancia de mis dos hijos. Es como si, simplemente, después de los momentos impactantes de sus nacimientos yo me hubiera ido a otro lugar y hubiera perdido casi todo el contacto con ellos.

Nuestra mente actúa así para protegernos del dolor que nos puede causar recordar etapas dolorosas de nuestra vida, pero el precio que pagamos por esta protección es muy alto, os lo aseguro.

Supongo que algunas de estas circunstancias serán desagradablemente familiares para algunos de los que lean esto, lo siento de verdad, pero si es así os invito a que leáis el siguiente apartado: “Mi proceso de cambio personal”,  espero de corazón que su lectura os dé un rayo de esperanza porque os aseguro que ¡el cambio es posible!

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