¿Problemas? ¡A por ellos!

Desesperación

“Y ahora ¿qué hago para resolver esto?

¡Pero si yo no tengo ni idea de estas cosas!”

¿Os suenan estas frases?

Me refiero a  ¿si os suenan haberlas dicho vosotros en alguna ocasión?

Las emociones que predominan, cuando nos enfrentamos a un problema del que creemos no conocer la solución, suelen ser la rabia, la tristeza o el miedo, que nos generan pensamientos totalmente negativos: “no lo voy a poder resolver”, “soy un inútil”,  “no me merezco esto”, “el mundo está en mi contra”,…

Normalmente nos suelen asaltar un abanico de sentimientos como impotencia, incredulidad, ignorancia, bloqueo, desorientación o incluso de injusticia: “¿por qué me pasa ésto a mí?”

Ante el problema podemos actuar, básicamente, de tres formas muy distintas:  con  pasividad, de forma reactiva o de forma proactiva.

La pasividad la demostramos cuando nos rendimos ante una circunstancia por la que nos sentimos sobrepasados, sin ver ninguna esperanza de solución. No sentimos ni siquiera enfado, sino la tan terrible resignación, dejando que el problema nos gane la partida.

La forma reactiva es la que suele provocar unEludir problemas visceral rechazo
hacia la circunstancia que nos está pasando: nos negamos a creer que eso sea real y volvemos la mirada hacia otro lado o eludimos nuestra responsabilidad, “pasándole la pelota” a otro.
También podemos enfadarnos, con otras personas o con el mundo en general, aunque no nos damos cuenta que, generalmente, ese enfado lo sentimos hacia nosotros mismos, por no vernos capaces de resolver el problema.

Y, por ultimo, está la forma proactiva, la más beneficiosa. Es cuando aceptamos el problema y lo analizamos, para encontrar posibles soluciones.

¿Por qué nos cuesta tanto actuar de forma proactiva ante los problemas? Posiblemente por una combinación de diferentes factores: inseguridades, miedo ante los imprevistos, falta de “entrenamiento” emocional, miedo al fracaso,…

Lo cierto es que las personas que suelen tener una mejor gestión de sus emociones son las que también actúan mejor ante los problemas, sin dejarse llevar por el miedo ni por la rabia, actitudes que anulan totalmente nuestra capacidad de razonar, que es precisamente lo que necesitamos en esos momentos.

Años atrás, cuando se me presentaba un problema para el que no me sentía preparado, recuerdo que me solía enfadar muchísimo y, en mis peores momentos, también había “tirado la toalla” o no había actuado con total responsabilidad, confiando su resolución a personas poco adecuadas, simplemente por no querer afrontar la cuestión. Como es lógico, esta forma de actuar me causó aún mayores perjuicios de los que seguramente me hubiera creado el problema original.

El trabajo sobre mi gestión emocional, que empecé hace un tiempo, me ha llevado a encarar las dificultades de una manera mucho más positiva. Salvo algunas excepciones (sigo siendo humano), cuando un problema me asalta siempre pienso

“¿para qué me pasa esto?”

¡Atención! He escrito “para qué”, en lugar de “por qué”, de forma intencionada. La diferencia puede parecer nimia, a simple vista, pero no lo es en absoluto.

Cuando usamos el “para qué” estamos buscando una finalidad, una motivación para la que ese hecho —el problema— se haya producido, lo cual lleva implícita algún tipo de acción, como mínimo la de pensar o analizar la situación, cosa que dificulta que se produzca un bloqueo o la simple pasividad.

En cambio, cuando utilizamos el “por qué” nos estamos refiriendo a la causa del problema, lo que en muchos casos no nos lleva más que a la incomprensión y a tener sensación de injusticia, puesto que esa causa puede ser algo tan ambiguo y confuso como una combinación catastrófica de diferentes circunstancias ajenas a nuestro control.

En mi caso, el hecho de pensar en cuál puede ser el motivo por lo que se me presenta el problema me suele llevar, casi siempre, a la misma conclusión:

“esto me pasa para que aprenda algo,

que me es necesario y que aún no sé.”

En muchas ocasiones, lo que he aprendido es algo referente a mí mismo de lo que no era consciente como, por ejemplo, mi capacidad para realizar diferentes tipos de reparaciones que implican una cierta habilidad manual o, incluso, interpretar normativas y leyes con sorprendentes buenos resultados, cosa que hasta hace poco me resultaba totalmente frustrante.

Los grandes beneficios que conlleva el actuar de esta manera, en cuestión de aumento de auto-estima y de auto-confianza, son evidentes.

Repetir-SimpsonTambién hay una variante, en cuanto a los problemas, que puede ser especialmente descorazonadora. Me refiero a cuando el problema se convierte en una situación repetitiva en el tiempo. No tiene que ser exactamente la misma situación la que se nos repita, pero será de la misma naturaleza.

Lo que nos puede salvar del desánimo en estos casos, para pasar a la pro-actividad, es el pensar que esa circunstancia se vuelve a repetir para que cerremos de una vez algún tema que tenemos pendiente en nuestra vida.

Pensemos un poco: si volvemos a vivir una circunstancia desagradable de la misma manera que las otras veces, y nos sigue afectando exactamente de la misma forma, la única razón es porque nos seguimos comportando de la misma manera que en ocasiones pasadas ante el mismo problema.

Aunque cueste de creer, el problema NO es la circunstancia en sí misma, sino cómo dejamos que esa circunstancia nos afecte y altere nuestro equilibrio emocional.

Si hacemos un pequeño ejercicio de memoria podremos ver la veracidad de esta afirmación: ¿cuántas veces hemos visto que dos personas diferentes reaccionan de forma distinta ante problemas exactamente iguales? incluso ante la pérdida o la separación de un ser querido, o la detección de una enfermedad grave.

Seguramente encontraremos varios casos en que haya ocurrido esto, lo que nos indica que la forma de actuar —o reaccionar— ante un problema siempre es una decisión nuestra, lo que ocurre es que no nos “entrenamos” para tomar esas decisiones de forma consciente, por lo que suele ser nuestro subconsciente el que lo hace.

Por tanto, ante un problema repetitivo, lo mejor es analizar cuál ha sido siempre nuestra forma de actuar ¡y buscar una manera distinta para hacerlo en esta ocasión! Podemos fallar, es cierto, pero si no probamos algo diferente, lo que es seguro es que seguiremos teniendo los mismos resultados, como ya dijo Albert Einstein.

albert-einstein

A donde quiero llegar con todo esto es a darnos cuenta que, en realidad, los problemas no son meras adversidades sino oportunidades para superarnos a nosotros mismos, para aprender cosas que no sabíamos y  conocer mucho mejor todo aquello de lo que somos capaces… que suele ser mucho más de lo que nos creemos.

 

 

 

 

 

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Acerca de Chema Montorio

Facilito el Autoconocimiento personal para impulsar los cambios, personales y profesionales. Mi pasión es contribuir a que afloren los verdaderos potenciales de las personas y transformar la oscuridad en la que viven en luz, con la que ayuden a brillar a más personas.
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3 respuestas a ¿Problemas? ¡A por ellos!

  1. Ayer tarde precisamente hablaba de esto con una amiga. Somos más fuertes de lo que pensamos y la vida nos va enseñando cada día. Está en nuestra mano el seguir aprendiendo y cada cosa que nos ocurre trae consigo un aprendizaje. Todo pasa por algo, o como tú dices, “para algo”.
    De la misma manera que cada persona que llega a nuestra vida es también para algo, vienen con una misión. Y cuando esta termina, esa persona se va y debemos dejarla ir. Aprender esto cuesta mucho, pero cuando lo aceptamos podemos dejar que las cosas fluyan y ser un poco más felices. Esa es mi visión.
    Fabuloso post!!!

    • ¡Me encanta lo de que hay que dejar marchar a los que ya han cumplido su misión con nosotros!
      Esa visión es básica para no sentirse apegados a las personas, lo que se confunde muchas veces con el amor, cuando no es eso lo que sentimos realmente.
      Creo que me has dado la idea para otro artículo, jajaja.
      ¡Gracias por seguirme!

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