El sentido de todo… o de nada

Cable a punto de romperse

Todo se puede convertir en nada cuando no le encontramos un sentido a nuestra vida.

Sentir soledad en medio de una multitud.

La oscuridad que apaga la luz, cuando ésta brilla a nuestro alrededor.

Ver solo grises que ahogan los colores que nos rodean.

Molestarnos las risas pero sentirnos acompañados por el llanto…

La vida pasa  a convertirse en un sufrimiento continuo, lleno de problemas y sinsabores que nos hacen sentir como si fuéramos las únicas personas en la Tierra que soportamos todo ese peso.

Cuando no le encontramos sentido a la vida ni siquiera aquel famoso refrán nos ayuda con nuestro dolor: “mal de muchos, consuelo de tontos”, porque no podemos consolarnos ni tan solo con el sufrimiento ajeno que, simplemente, deja de tener importancia para nosotros, minimizado por la enorme magnitud del nuestro propio, o eso es lo que pensamos.

El sufrimiento va unido a la vida igual que el dolor está unido al momento del parto, instante en el que nacemos al mundo exterior; entonces ¿por qué suele ser algo tan rechazado en general si es, realmente, totalmente natural?

¿Se trata de algo relacionado con nuestra cultura occidental? No es de extrañar, ya que la nuestra es una de las pocas culturas que rechaza de forma visceral otro momento inevitable de nuestra vida, como es la muerte.

Retomando el tema de este artículo, el problema surge cuando, por alguna circunstancia, llegamos a pensar que nuestra vida se compone exclusivamente de problemas, preocupaciones y sufrimiento, no pudiendo ver otra cosa a nuestro alrededor que dificultades, contratiempos, decepciones o ataques directos a nuestra felicidad e, incluso, a nuestra propia supervivencia.

Cuando dejamos de ver la belleza a nuestro alrededor, de disfrutar con los momentos alegres que nos regala la vida o  de apreciar las palabras amables o de ánimo que nos dedican los demás, para fijarnos únicamente en todo lo feo que nos rodea o en lo que nos hace la vida más difícil, entonces podemos decir que nos hemos hundido en el sinsentido de no saber cuál es nuestro lugar en el mundo ni para qué estamos en él.

Incluso puede llegar un momento en que, cuando no detectamos ningún nuevo motivo de sufrimiento ¡lo inventemos! porque nuestro cerebro necesita tener justificaciones para la realidad que nosotros mismos hemos creado al obsesionarnos con que únicamente estamos rodeados de motivos para sufrir y ser infelices: “fulanito me mira cada día peor en el trabajo”, “la vecina no limpia bien el rellano para fastidiarme”, …

Aunque parezca algo totalmente descabellado, cuando estamos en este estado necesitamos sufrir para sentirnos vivos porque la vida ha perdido todo el sentido para nosotros.

Viktor FranklHe rememorado estas sensaciones después de leer un libro que me ha parecido sencillamente estupendo, se trata de El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, un psiquiatra austríaco que pasó varios años en campos de concentración nazis por el hecho de ser judío, perdiendo a toda su familia en ellos.

Esta durísima experiencia, de la que fue uno de los pocos supervivientes, le sirvió para crear una nueva corriente de la psicología llamada logoterapia, consistente en proporcionar un sentido a la vida de sus pacientes para que puedan superar sus dolencias y tener vidas mucho más satisfactorias.

Una de las vivencias que dieron pie a las teorías de Frankl fue la de darse cuenta que, a diferencia de lo que podría esperarse, muchos de los prisioneros que morían eran los que parecían tener mejores condiciones físicas para resistir al hambre, al agotamiento y a las enfermedades que les minaban las fuerzas en su encierro. Este hecho le llevó a pensar que la diferencia entre la vida o la muerte se encontraba, irremediablemente, en algún otro aspecto que no tenía nada que ver con la dimensión puramente física de las personas.

Viktor Frankl se dio cuenta, gracias a las conversaciones que mantuvo con sus compañeros en aquellos “campos de la muerte”, que las personas que resistían todos aquellos sufrimientos eran los que, pese a todo, le seguían encontrando un sentido a aquella miserable vida. Para unos era la posibilidad de reencontrarse con su familia cuando acabara la guerra, para otros el hecho de tener una importante obra o un trabajo de gran valor social por acabar o, para otros, simplemente el creer que la vida esperaba algo de ellos que aún desconocían.

Fuera lo que fuese, la mayoría de los que no optaron por el suicidio o por dejarse vencer por el cansancio y el desánimo fueron los que creyeron que había algo importante por lo que seguir vivos, incluso algo trascendente a sí mismos, como la responsabilidad de tener una familia que dependía de ellos para sobrevivir.

Frankl cita en su libro una frase de Nietzsche que resume a la perfección este comportamiento humano:

“Quien tiene un por qué para vivir

puede soportar casi cualquier cómo”

Sin tener un por qué, una buena motivación, es fácil abandonarse al desaliento ante los problemas y las difíciles circunstancias que nos plantea la vida, para verlas únicamente como incomprensibles y continuos ataques a nuestra persona, en lugar de verlos como lo que realmente son en la mayoría de los casos: oportunidades para aprender a superarlos y ser mejores, superándonos a nosotros mismos.

¿Dónde podemos encontrar el sentido de nuestra vida cuando creemos que lo hemos perdido?

Según Frankl, el sentido de la vida se encuentra en todo aquello que nos puede servir de palanca para pasar a la acción concreta y cotidiana: la familia, el amor, la amistad, los proyectos, ilusiones, nostalgias y, también, en la responsabilidad personal de pensar que, aunque ahora no sepamos verlo, seguro que somos imprescindibles e insustituibles para alguien o para alguna causa.

La vida siempre tiene un sentido, aunque no lo encontremos en algún momento, por eso:

No hay que ver para creer, sino creer para poder ver.

arco iris con dos extremos

 

 

 

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Acerca de Chema Montorio

Facilito el Autoconocimiento personal para impulsar los cambios, personales y profesionales. Mi pasión es contribuir a que afloren los verdaderos potenciales de las personas y transformar la oscuridad en la que viven en luz, con la que ayuden a brillar a más personas.
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2 respuestas a El sentido de todo… o de nada

  1. Madre mía! Qué manera de resonarme esta entrada!!
    La crisis de los cuarenta me llevó a la búsqueda incansable de mis “porqués” y es una etapa importantísima en la vida, en la que yo me he planteado el sentido de ella. Después de mucho sufrimiento, dudas y miedos, van apareciendo los porqués. En plural porque tengo muchos, pero voy “recordando” aquello que me hacía feliz y encontrando el camino.
    Lo has explicado tan bien que me ha emocionado. Gracias!!

    • Gracias a ti por leerme y por tus estupendos comentarios.
      En la vida pasamos por diferentes etapas, aunque no para todos son coincidentes en el tiempo ni en la manera, por eso no creo en fórmulas predeterminadas ni soluciones “mágicas”. Cada uno debemos encontrar nuestras propias soluciones y sistemas de vida, lo que los demás podamos aportar solo tienen que ser meras referencias o, a veces, puntos de apoyo para levantarse y continuar su propio camino.
      Un abrazo.

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