La actitud marca la diferencia

Buena actitud

Es un plomizo sábado por la tarde de la víspera del Día de la Madre, en Barcelona.

Recorro las calles buscando una floristería para gestionar el envío de unas flores el día siguiente a un pueblecito de Sevilla, donde reside mi madre desde hace una temporada.

He pecado de falta de previsión, lo sé. En mi barrio encuentro la mayoría de tiendas de este tipo cerradas o que no tienen este servicio, así que me dirijo a la floristería más famosa de la ciudad, que no cierra ningún día del año.

De camino encuentro otra floristería abierta y decido entrar. Se trata de un local amplio, luminoso y nada recargado por grandes cantidades de flores, como pasa en la mayoría de tiendas de este tipo. Se respira una cómoda atmósfera. Al fondo se encuentra una única persona que me saluda alegremente. No hay ningún otro cliente en ese momento.

Le comento mi deseo al dependiente, que hace una llamada al servicio de Interflora para gestionar el pedido. Al otro lado del teléfono le indican unos precios por la entrega desde los pueblos más cercanos en los que hay  floristerías, porque donde vive mi madre parece que no hay ninguna, pero sin asegurar que el envío se pueda hacer ya que hay que consultarlo previamente.

Al cabo de unos segundos Jordi, el dependiente, recibe una respuesta negativa de la chica de Interflora: en la floristería que tendrían que hacer la gestión no quieren hacer el desplazamiento a aquel pueblo el día siguiente.

En lugar de decirme que no era posible realizar el encargo, sin más, el empleado buscó una información en su ordenador y, al momento, estaba hablando con el personal de la floristería que se negaba a realizar el pedido.

Tuvo que hacer dos llamadas para hablar directamente con el dueño, obteniendo el mismo resultado negativo, aunque éste le comentó la posibilidad de buscar en otra localidad cercana, sin que le pudiera facilitar ningún teléfono en concreto, por lo que Jordi lo buscó en Internet y llamó.

Nadie contestó.

Pero tampoco tiró la toalla entonces y continuó buscando en su ordenador. Ahora había encontrado la página web del pueblo donde vive mi madre y llamó al teléfono del ayuntamiento; el pitido de un fax fue todo lo que obtuvo por respuesta.

Yo estaba a punto de darle las gracias a Jordi por sus gestiones e irme a probar suerte en la otra floristería, por si estuvieran adscritos a un servicio de envío de flores diferente aunque, sinceramente,  sin tener demasiadas esperanzas en ello.

Pero había algo intangible que no me dejaba marchar, quizás la resolución para ayudarme que mostraba el dependiente o, tal vez,  una frase que él había dicho momentos antes y que me había llamado poderosamente la atención, o un compendio de todo ello. La frase que dijo, con cierta pena en su voz, fue:

“muchas veces se trata solo de querer hacerlo.”

Cuando colgó de nuevo volvió a mirar en su ordenador y, mientras marcaba otro nuevo número en el teléfono, me miró con una expresión tan decidida a agotar todas las posibilidades para solucionar mi problema que me sentí lleno de confianza hacia aquella persona ¡aunque estuviera llamando a una pastelería!

Su lógica al hacer aquella llamada era totalmente coherente: todas las pastelerías están abiertas la víspera de una festividad tan importante como es el Día de la Madre, por lo que le podrían confirmar si había o no alguna floristería en el pueblo o, por lo menos, si conocían alguna otra posibilidad de conseguir lo que me había propuesto.

Actitud positiva, iniciativa, proactividad, compromiso con el cliente –aunque yo fuera un total desconocido- y creatividad, eso es lo que me estaba demostrando aquella persona con sus gestiones, además de una gran humanidad…

El empleado de la pastelería le anunció lo que ya nos esperábamos, ni más ni menos que otra nueva negativa que parecía sentenciar definitivamente mis expectativas. Pero entonces Jordi, en lugar de colgar, dijo algo que me dejó totalmente perplejo: le preguntó a su interlocutor si cabría la posibilidad de que ellos le hicieran llegar un pastel a mi madre al día siguiente.

A mí me pareció algo totalmente surrealista ¡yo quería enviarle un ramo de rosas! ¿en qué se parecía eso a un pastel?

Mientras hablaba con el pastelero Jordi me miró, con expresión interrogante, y me preguntó si querría aceptar esa opción, porque el empleado, o quizás era el dueño, de la pastelería sevillana le habían dicho que aceptarían el encargo y que les podíamos hacer el pago por transferencia bancaria. Yo no sabía qué decir, solo acerté a comentarle que mi madre no era demasiado amante de los dulces, pero lo que me ocurría realmente era que mi cerebro no estaba preparado para cambiar los planes que tenía previstos y buscaba una burda excusa para no hacerlo.

Ante mi indecisión el dependiente de la floristería le agradeció la atención al pastelero y colgó el teléfono. Yo me sentía un poco idiota en aquel momento, tengo que reconocerlo, y creo que eso se debía reflejar en mi cara mientras escuchaba a Jordi decirme que lo importante era que mi madre recibiera “algo” que le indicara que había pensado en ella, fuera lo que fuese, un bonito ramo de flores o un pastel para endulzarle aquel día, Su Día…

Esta reflexión, sumada a la gran resolución que veía en aquella persona que estaba intentando ayudarme por todos los medios, me hicieron finalmente reaccionar y acepté aquella alternativa, que ahora me parecía incluso simpática.

Jordi llamó nuevamente a la pastelería y concretamos el encargo, dictándole incluso una nota al Sr. Antonio, que así se llama el amable pastelero, para que fuera entregada junto con la tarta.

Y el final de esta historia es, incluso, tan sorprendente como lo que he contado hasta ahora: el pastelero no tuvo ningún inconveniente en que el pago por sus servicios se le hiciera mediante un ingreso en su cuenta el siguiente lunes ¡un día después de realizar el servicio! ya que esa fue la forma de pago que él nos planteó, en lugar de exigir el cobro con antelación a través de una tarjeta de crédito.

Creo que con esto está todo dicho y se resume en una simple  frase:

Tan solo se trata de QUERER hacer las cosas.

En esta vida, prácticamente todo es una cuestión de actitud… y de confianza, cosa que las madres saben muy bien.

dia-de-la-madre

¡Mi mayor homenaje a todas ellas!

Y mi sincero agradecimiento a los verdaderos protagonistas de este artículo, Jordi y Antonio, porque mi madre recibió un inesperado y dulce regalo en el Día de la Madre.

 

 

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Acerca de Chema Montorio

Facilito el Autoconocimiento personal para impulsar los cambios, personales y profesionales. Mi pasión es contribuir a que afloren los verdaderos potenciales de las personas y transformar la oscuridad en la que viven en luz, con la que ayuden a brillar a más personas.
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6 respuestas a La actitud marca la diferencia

  1. malena pfaar dijo:

    Chema qué historia más tierna.

    Enviado desde mi dispositivo Samsung

    • Me alegro que te guste, Malena.
      Para mí fue un momento realmente inspirador y tenía la necesidad de compartirlo.
      Mi madre recibió el pastel esta mañana y fue una sorpresa totalmente inesperada para ella que creo recordará por mucho tiempo.
      Un abrazo.

  2. Realmente emotiva esta historia! Preciosa! No hay nada que no consigamos cuando realmente queremos. Los que trabajamos cara al público, lo sabemos muy bien!!
    Me encanta tu blog!!! Me encanta!!

    • Muchas gracias Ana.
      Me alegro que resuenes tan bien con lo que escribo, a mí mismo me hace mucho bien exponer mis vivencias a la vista de los demás.
      Como digo a veces: se trata de ayudarnos, ayudando…

  3. ealvargo dijo:

    Grande Chema! realment una història exemplificant en tots els detalls. Bravo!

    • Moltes gràcies Enric!!
      Realment va ser un exemple a seguir i ho havia d’explicar, per a que es vegi que hi han moltes persones que fan bé les coses, no tot és tant negre com ens pot semblar a vegades.

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