Los gritos del silencio

Silencio-niño

Hace unos días leí el siguiente artículo sobre el silencio, en el blog de Proyecto Acope, que me ha inspirado a explicar mi experiencia personal respecto a este tema:

http://proyectoacope.com/2015/08/17/virtud-de-la-semana-silencio-proyecto-acope/

Yo siempre había considerado el silencio como sinónimo de soledad, y a veces era para mí una especie de refugio ante lo que me causaba miedo o inseguridad por mi entorno, pero hace dos años esa palabra cambió para mí totalmente de significado.

Me encontraba en un momento de mi vida en que la confusión, mental y emocional, no me dejaba ver hacia dónde quería dirigir mis pasos. Estaba sin trabajo y sabía que quería cambiar mi trayectoria pero, por más cursos de “orientación” profesional que realizaba, menos claro veía mi futuro.

Una tarde surgió en mi cabeza una idea, o puede que sintiera una sensación: necesitaba hacer un paréntesis y buscar algún tipo de retiro por unos días para eliminar el exceso de “ruido” que sentía en mi cabeza. Encendí el ordenador y empecé a buscar por la palabra “retiro”, que era lo único que se me ocurrió. Aparecieron cosas muy variadas y, después de ir de una página a otra, una me llamó poderosamente la atención: la página web de la Fundación Vipassana.

Me apunté a un curso de meditación de 10 días, no sin un cierto miedo porque uno de los requisitos era la obligación de permanecer en silencio en todo momento, lo que para mi naturaleza parlanchina era todo un reto.

No os explicaré de forma detallada los pormenores del curso, para no extenderme, solo os diré que nos levantábamos a las 4 de la madrugada, acudíamos a clases de meditación por un total de 10 horas diarias, repartidas en varias sesiones, las comidas eran de régimen vegetariano y nos íbamos a dormir a las 21,30 h ¡sin haber dicho ni una palabra en todo el día y sin comunicarnos de ninguna forma con los compañeros!

Entre cada sesión de meditación, además de los momentos de las comidas, podíamos descansar en nuestra litera o pasear por el amplio jardín, siempre en absoluto silencio.

Para mí fue una experiencia muy dura, que me hizo pensar en abandonar aquel lugar en varias ocasiones, cosa que por suerte no hice porque, pasado el ecuador de mi estancia allí, hubo un punto de inflexión que me hizo cambiar radicalmente mi manera de ver las cosas y, sobre todo, de verme a mí mismo.

Creo que fue el séptimo día cuando, sin saber por qué, durante uno de los descansos me descalcé y comencé a caminar por la hierba, sintiendo su frescura en mis pies. Al cabo de un rato dejé la parte en que había hierba y anduve sobre un camino de losas de pizarra, calentadas por el Sol y, finalmente, caminé por la tierra desnuda.

Al llegar a este punto comencé a pincharme las plantas de los pies con las hojas de Caminando solo por la playapinaza caídas y con pequeñas piedrecitas, pero continué caminando, hasta que un pensamiento muy potente me vino a la mente con tanta claridad que me hizo detenerme y reflexionar.

En aquel momento, mientras sentía los pinchazos en mis pies, me di cuenta de una cosa, que podrá parecer trivial y hasta ridícula, pero que fue fundamental para mí entonces: yo me estaba pinchando porque la Ley de la Gravedad me atraía hacia el centro de la Tierra.

Hasta aquí se trata de un pensamiento elemental de la E.G.B. (la E.S.O. para los más jóvenes) pero este pensamiento desencadenó una serie de otros más.

El siguiente pensamiento fue que la Ley de la Gravedad actuaba sobre mí exactamente igual que sobre cualquier otra persona, ya fuera rica o pobre, popular o anónima, guapa o fea.

¿Alguien ha pensado sobre esto alguna vez? Yo, sinceramente, hasta aquel momento no.

Aquello me hizo ver que yo era absolutamente igual de importante que cualquier otra persona de este mundo, no más que nadie, pero tampoco menos; ni por poder adquisitivo, ni por conocimientos o experiencia, ni por físico o por ningún otro aspecto de mi vida o de mi persona.

Y, finalmente, esto me llevó a pensar que la persona para la que yo era más importante en este mundo era, realmente, para mí mismo.

Soy consciente que esto último le sonará a más de una persona como un acto de egoísmo, y tiene razón, pero de un egoísmo bien entendido, no el erróneo concepto que tenemos hoy en día de esa palabra, que se suele confundir con el egocentrismo.

No quiero decir que yo no sea importante para otras personas, ni que ellas no lo sean para mí, al contrario. Lo que descubrí ese día, caminando descalzo, fue que necesitaba hacer todo lo posible para cuidarme a mí primero y para sentirme lo mejor posible conmigo mismo cuanto antes, para ser capaz de dar lo mejor de mí a todas esas personas que eran tan importantes para mí porque, lo que uno no tiene, no lo puede dar, así de sencillo; ya se trate de amor, cariño, ternura, comprensión o recursos de otro tipo más material y que son también necesarios para nuestra vida.

Todo esto, que para muchas personas es obvio, yo no había tenido la suerte de ser consciente de ello hasta que ese día, después de practicar un riguroso silencio que me ayudó a conseguir paz mental, pude escuchar lo que seguramente mi interior me estaba gritando desde hacía años y que yo no había sabido oír: si quería transmitir todo el amor que realmente sentía por aquellos a los que quería, por el primero que debía sentir amor era hacia mí mismo, porque tenía todo el derecho del mundo a sentirlo y a ser feliz, igual que cualquier otra persona.

¡Igual que tú!

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Acerca de Chema Montorio

Facilito el Autoconocimiento personal para impulsar los cambios, personales y profesionales. Mi pasión es contribuir a que afloren los verdaderos potenciales de las personas y transformar la oscuridad en la que viven en luz, con la que ayuden a brillar a más personas.
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