Vacío interior

sentirse vacío II

Esta semana quiero publicar en mi blog un artículo que escribí para la plataforma digital La Nueva Ruta del Empleo.

Se trata de un artículo sobre la sensación de vacío interior.

Creo que es un tema suficientemente importante para incluirlo en este blog y del que no se suele hablar demasiado, posiblemente porque nos avergoncemos de sentimos así ya que puede llevar asociado un sentimiento de “inutilidad”, de no servir de nada para nadie -ni siquiera para nosotros mismos- cuando nos sentimos en este estado emocional.

Quiero romper con este estereotipo porque el sentirse vacío es un paso previo a la renovación personal, la única manera de poder llenarse de nuevo con otras visiones y perspectivas del mundo que nos rodea y de nosotros mismos, con las que podremos adoptar diferentes formas de afrontar nuevos, o antiguos, retos y circunstancias sin resolver.

No debemos temerle a esa sensación de vacío, sino abrirnos a ella y esperar la llegada de nuevas ideas, ilusiones y formas de actuar que nos ayudarán a hacer las cosas de manera diferente en todo aquello que no hemos sabido resolver o, también, en lo que no nos hemos atrevido a emprender.

Para todas aquellas personas que se sientan VACÍAS y no le encuentren un sentido a su vida en estos momentos, les recomiendo la lectura del libro “El hombre en busca de sentido”, de Viktor Frankl, al que ya me he  referido en este mismo blog otras veces.

Viktor Frankl

 

“Una taza solo puede llenarse si está vacía”  (Proverbio)

 

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¿Por qué no es Navidad todo el año?

Navidad

Si tengo que ser sincero, yo odio las fiestas navideñas.

Para mí no son un motivo de alegría sino de estrés y de angustia, sobre todo por la “obligación” de tener que hacer regalos, sí o sí.

Y no es porque sea un tacaño o un anti-social, nada de eso, simplemente es que me gusta hacer regalos cuando me apetece, cuando me asalta el sentimiento de hacerlo y no en una fecha concreta en que, en la mayoría de los casos, no he tenido la inspiración adecuada para encontrar algo con lo que me sienta bien como “regalador”.

Pero no es solo por este aspecto, que puede ser algo insignificante.

El hecho es que la Navidad no me inspira recuerdos especialmente gratos de mi infancia y, tal como somos los seres humanos, cuando los estímulos que recibimos nos hacen conectar con recuerdos negativos, las sensaciones que nos producen (aunque sea al cabo de los años) difícilmente podrán ser positivas.

Estoy seguro de que somos millones las personas que pasamos por las Navidades con tal mezcla de emociones que nos llevan, más que a vivirlas con ilusión, a “sufrirlas” de la mejor manera posible.

Por un lado, siempre tengo unas tremendas ganas de que se acaben, para sentir que queda atrás la enorme tensión de la búsqueda de los regalos y la responsabilidad de conseguir hacer “lo correcto” con todo el mundo. Esa agobiante “necesidad de contentar” a los demás también forma parte de mi triste pasado, en el que yo fui siempre una persona muy complaciente, por miedo a perder el “afecto” de los que tenía a mi alrededor; otra característica que me encadena a los antiguos fantasmas de mi infancia y de mi juventud.

Por otra parte, soy un padre separado, cosa que podría no ser tan importante si no fuera por el hecho de que, también por cuestiones pasadas, la relación con mis hijos no es todo lo fluida y afectuosa que me gustaría que fuera y, como estas fechas parece que lo “normal” es que se amplifiquen las emociones y los sentimientos que se generan en torno a las familias, en mi caso, lo que vivo de forma aumentada es la falta de lo que me gustaría sentir por parte de las personas que debería notar más cerca de mí. Y digo esto sin el más mínimo reproche hacia mis hijos: ellos solo son unas víctimas inocentes de mi pasada “época oscura”, de la que estoy cosechando unos frutos que nunca tuve la intención de sembrar.

Y, en el lado contrario de este ring de boxeo emocional, vivo las sensaciones alegres -o esperanzadoras, más bien- que me reporta la familia de mi pareja actual, que viven las Navidades con gran alegría e ilusión, aunque no sin sus dosis de nervios, enfados y decepciones ocasionadas por viejas rencillas o por desencuentros más contemporáneos. Pero, aún así, lo que percibo en las reuniones navideñas con mi pareja es mucho más halagüeño que lo que vivía en mi casa, de pequeño, por lo que intento aferrarme a ello como el náufrago que encuentra un trozo de madera en medio del océano.

Y, ya para acabar de arreglarlo y hacerme sentir en el Dragon Khan de las emociones, en estas fechas me siento abrumado por los miles de muestras de solidaridad que inundan las redes sociales y los medios de comunicación, en beneficio de los más desfavorecidos.

Maratón navideñaRecogidas masivas de alimentos, maratones televisivas para recaudar fondos destinados a hospitales y organizaciones solidarias, campañas de recogidas de juguetes, vídeos con escenas de ayuda al prójimo, llamamientos a la paz y la solidaridad entre los seres humanos, carreras solidarias, treguas en guerras (hubieron casos muy famosos en la I y IIGM), conciertos y espectáculos solidarios con estrellas famosas, incremento de las campañas de captación de socios para ONG’s, subastas y fiestas con fines benéficos (algunas a muy alto nivel de “personalidades”), venta de innumerables objetos, descuentos y ventajas para colectivos vulnerables, canciones para pedir donativos, publicidad lacrimógena, campañas de concienciación para la solidaridad, discursos institucionales; por no hablar de la enorme cantidad de mensajes que nos cruzamos para desear a nuestros familiares y amigos que tengan paz, felicidad y amor en estos días.

No sé si me he dejado algo en el tintero.

¿Y creo que esto está mal? pensará más de uno al leerme.

¡Claro que no!

Lo que considero que “está mal” ¡es que esto NO PASE DURANTE TODO EL AÑO!… o que ocurra a un nivel infinitamente menor.

¿Es que no se da el drama de los refugiados durante todo el año?

¿Acaso no hay SIEMPRE niños -y adultos- en hospitales, sufriendo por estar afectados de cáncer o de enfermedades “raras”, muchos de ellos de familias con pocos recursos económicos?

¿Las personas sin techo o que malviven en la auténtica miseria, consiguen “hibernar” durante once meses al año y solo despiertan de su letargo para “sufrir” en diciembre?

¿Solo se acuerdan los huérfanos en Navidad de que no tienen una familia con la que disfrutar y que les cuide y les ame?

Las guerras ¿solo matan y violan a personas al final de cada año?

¿Solo hay personas que SUFREN en Navidad?

Ojalá fuera así, pero no es verdad.

IndigenteLo que parece es que únicamente estemos dispuestas a VERLAS cuando llegan estas fechas.

Solo SOPORTAMOS esas duras realidades en estos momentos en los que ¡oh, el Ser humano sea loado! se nos facilitan los medios para acallar nuestras conciencias de una manera cómoda para nosotros: ayudándonos a que hagamos una pequeña aportación que nos dicen que va a ayudar a montones de personas -si son niños mejor, claro- y, cuando lo hemos hecho, nuestra conciencia queda limpia y nuestro espíritu en calma, facilitándonos con esa pequeña aportación que nos justifiquemos el resto del año cada vez que apartemos la mirada ante alguien que veamos dormir en la calle, o cuando cambiemos de canal para no ver a los niños famélicos de África o una patera hundiéndose en el mar, llena de PERSONAS que huían de países en los que ya no se puede vivir.

Por eso, aunque no soporte la Navidad, aunque me traiga recuerdos amargos y me cause taquicardias cada vez que tengo que pensar en los regalos, aunque me haga pasar ratos de auténtica tristeza y melancolía, aún así, a la vista de todo lo que podemos hacer los seres humanos por los demás en estas fechas, yo me pregunto

¿POR QUÉ NO SERÁ NAVIDAD DURANTE TODO EL AÑO?

 

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Predicar con el ejemplo: el Auténtico Liderazgo

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Hace unos días encontré una frase que tengo muy presente desde entonces (soy un acérrimo defensor de esos escuetos pozos de sabiduría), de un hombre al que la Humanidad tiene por muy inteligente, lo cual ya inspira confianza a la hora de leerla:

“Dar ejemplo no es la principal manera de influir,

¡es la única manera!”     

                                                                                        (Albert Einstein)

He utilizado esta frase en varias ocasiones para basar mis argumentaciones de alguno de los procesos de acompañamiento a las personas en que trabajo y, teniendo en cuenta el enorme interés que está suscitando en estos tiempos todo lo relacionado con el Liderazgo, creo que vale la pena reflexionar un poco más sobre el tema.

Se están escribiendo montones de libros y realizando continuamente talleres, cursos, másters, conferencias y charlas sobre cómo liderar equipos, liderarse a uno mismo, ser un líder motivador, influir como líder, liderar desde el Yo o desde el Nosotros, etc., etc., etc.

Yo mismo he participado como alumno, y también como coordinador, en alguno de esos cursos y talleres, por lo que valoro muy positivamente muchos de los aprendizajes que me han aportado pero, intentando tener una visión con mayor perspectiva, cada vez estoy más convencido que el auténtico Liderazgo se fundamenta, precisamente, en lo que recoge esta frase inicial: dar ejemplo.

No quiero entrar en definiciones de manual sobre lo que es realmente ser un líder, ya se ha escrito mucho sobre esto y, además, cada uno puede tener su visión particular del asunto; pero en lo que creo que todos coincidiremos es en que han existido -y existen hoy en día- personas que ejercen sobre grandes grupos de población un liderazgo que podríamos llamar “natural”, que no parece estar basado en modernos estudios psicológicos o mediáticos, sino en su forma de ser o en la manera en que tratan -o viven- una cuestión que afecta a otras personas.

Me refiero a personajes como Gandhi, Nelson Mandela, Teresa de Calcuta, Vicente Ferrer, Juana de Arco, Che Guevara, Rosa Parks, Martin Luther King, Abraham Lincoln, Obama… y muchas otras personas que han sido seguidas por pueblos enteros, al ver en ellas algo con lo que coincidían y que les llamaba tan poderosamente la atención que eran capaces de enfrentarse a los poderes establecidos para seguirlas.

HitlerTambién ha habido otros tipos de líderes, que podríamos llamar “negativos” por las consecuencias de sus liderazgos sobre diferentes grupos de población (Hitler, Mussolini, Charles Manson…), pero estos suelen ejercer su influencia de forma mucho más calculada y “manipuladora” que los que yo considero como “líderes naturales”.

Estos líderes “naturales” de los que hablo tienen algunos puntos en común entre ellos pero, sobre todo, hay uno que les caracteriza a todos por igual: el hecho de haber ejercido ese liderazgo predicando con el ejemplo, es decir, siendo los primeros en apoyar sus argumentos con sus propias acciones, convirtiéndose en ejemplos vivientes de la filosofía que querían aportar al mundo.

Este tipo de Liderazgo es el que pervive a lo largo de los años, aún después de que los líderes hayan desaparecido de este mundo, al haber dejado una impronta entre sus seguidores que tiende a permanecer viva en el tiempo.

En otros ejemplos de liderazgo (Napoleón, Alejandro Magno, Cleopatra, Mao Tse Tung, Lenin…) se dan otros factores que facilitan el poder contar con masas de “seguidores”, como el uso de la fuerza o la intimidación, lo que conlleva que, una vez desaparecido el líder, normalmente son muy pocos los que permanecen fieles a sus ideales.

Por eso considero que el Liderazgo que se ejerce desde el ejemplo, siendo un vivo reflejo de lo que se quiere transmitir, es el que entiendo como el más auténtico de los diferentes tipos que podemos encontrar a lo largo de la Historia; es el de aquel líder que, en muchos casos, ni siquiera busca tener seguidores sino que comienza siendo una declaración de principios individuales que, con el tiempo, acaba convirtiéndose en una auténtica filosofía de vida para muchas otras personas que se sienten representadas por esas ideas.

Y ya que estoy escribiendo sobre las bondades de dar ejemplo a los demás, aunque ahora me aleje del tema del Liderazgo, voy a hacer lo propio y me permito compartir aquí mi propio ejemplo de lo que intento que consigan algunas de las personas que confían en mis servicios: definir cuál es su objetivo profesional, siempre en consonancia con aquello que realmente les gusta hacer, lo que en mi caso es el facilitar el autoconocimiento de las personas y su empoderamiento, para mejorar sus vidas mediante la toma de consciencia de sus verdaderos potenciales, aportando al mundo lo mejor de ellas mismas.

Lo encontraréis visitando la sección de este blog “En lo que te puedo ayudar”.

Voy a acabar este artículo como lo empecé, con una frase de otro líder inspirador que utilizó su propio ejemplo como principal palanca para luchar contra la desigualdad en su país: José (“Pepe”) Mújica, expresidente de Uruguay.

Pepe Mújica, Uruguay

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“Memento mori”: recuerda que eres mortal

Memento mori

Cuando perdemos de vista que, ante todo, somos personas con el mismo valor como tales que cualquier otro ser humano, estamos pisando un terreno peligroso… para los demás y también para nosotros.

En los desfiles triunfales de los antiguos romanos, tanto los emperadores como los generales victoriosos eran seguidos por unos servidores que sujetaban una corona de laurel sobre sus cabezas, mientras repetían la frase “memento mori” (“recuerda que eres mortal”), en un intento de que “no se les subieran los humos a la cabeza”.

Desgraciadamente, en nuestra vida cotidiana no tenemos a nadie que nos siga por la calle con una corona de laurel o que nos recuerde de vez en cuando, en casa o en el trabajo, que no somos dioses sino humanos y que, como tales humanos, ni lo sabemos todo (por muy expertos que seamos en algo) ni somos infalibles; siempre podemos equivocarnos, por muchos conocimientos o experiencia que tengamos.

Memento mori era una fórmula que pretendía sembrar la semilla de la HUMILDAD en aquellos que, por sus hazañas o por sus cargos públicos, podían llegar a sentirse demasiado superiores al resto de los ciudadanos.

Otra cosa muy distinta es que esa semilla lograra germinar…

El sentirse con unas cualidades superiores o con ciertos derechos sobre otras personas es algo que puede causar consecuencias desagradables en los demás (manipulación, presión, sumisión, expolio…), pero también puede volverse contra uno mismo, en forma de rechazo, pérdida de confianza o, directamente, de enfrentamiento.

¿Cuántos ejemplos hay de artistas, políticos, deportistas, empresarios, etc., que han caído en desgracia entre la gente por haberse convertido, a ojos de los que antes les idolatraban, en seres prepotentes, en manipuladores o en simples delincuentes para su propio beneficio?

Todos podríamos decir unos cuantos nombres ¿verdad?

Esas personas llegan a creerse que “merecen” todo lo que desean, ya sea material o emocional (por ejemplo, influencia sobre las voluntades de los otros), justificándolo en la creencia de que si los demás les siguen es porque obtienen algo que solo ellos les pueden dar, por tanto, su percepción es que son diferentes -y mejores- que el resto de los mortales; por eso, cualquier idea o argumento que defiendan debe ser percibido por el resto como algo totalmente irrefutable.

Una pregunta que me he hecho a veces, cuando he detectado alguno de estos casos, es si realmente esas personas SON como se muestran en esos momentos (con suficiencia, prepotentes, egocéntricos…) o como eran antes: personas “normales” que tenían alguna cualidad o  habilidad especial que era atractiva para los demás.

Y aquí es donde entra en juego un argumento en el que creo firmemente y que utilizo en mis formaciones: las personas NO SOMOS de una u otra manera -siempre-, sino que cambiamos algunos rasgos de nuestro comportamiento en función de las circunstancias que vivimos en cada momento.

Es lo que podemos llamar la diferencia entre SER de una determinada manera o ESTAR en un momento dado de esa manera, pero sin que eso comporte que antes se haya sido igual o que se pueda seguir siendo así en el futuro. Incluso se puede actuar de un cierto modo con unas personas y de otro distinto con otras, en el mismo momento.

Me parece que, si lo vemos como la posibilidad de adoptar diferentes roles -aunque alguno de ellos sea desagradable-, se podrá entender mejor este punto.

Tener consciencia de este hecho nos puede ayudar a varias cosas:

  • Culpabilidad-manosA relativizar. Quitar valor tanto a la “importancia” de algunas personas como a la supuesta “insignificancia” de otras. En un momento dado todos podemos estar arriba, pero también abajo poco después, y viceversa

 

  • A no juzgar a los demás por los simples hechos que veamos en la actualidad. Todos tenemos un pasado, para bien o para mal, y ese pasado puede volver a nosotros y marcarnos en los momentos más insospechados.

 

  • Nos puede ser útil para aprender. Constatar en los demás estos cambios de comportamiento nos pueden servir para mirarnos a nosotros mismos y analizar si nos ocurre lo mismo a veces, o con ciertas personas, con lo que podremos corregir lo que creamos que no es adecuado.

Yo mismo descubrí, con una gran sorpresa por el elevado autoconcepto que tenía de mí mismo, que sentía una cierta superioridad respecto a las personas a las que intentaba ayudar como voluntario en una fundación solidaria.

Por suerte, al cabo de un tiempo de comenzar mi voluntariado, me di cuenta que me situaba en un plano superior a ellos por el hecho de no ser un refugiado o de tener algo más de “cultura” que aquellas personas que habían venido de lejanos países (en busca de una vida mejor), o que habían estado en prisión durante varios años, la mayoría de ellos con dramáticas trayectorias personales detrás.

Esa toma de consciencia me provocó una gran mejora de mi actitud: me hice más empático y aprendí a mirar en el interior de aquellas personas, más allá de lo que era su opaca superficie, para descubrir lo mucho que tenían para dar a los demás, como confiabilidad, cariño, paciencia, escucha, apoyo, resolutividad, compromiso, ingenio, etc., además de muchas habilidades y conocimientos que podían ser más útiles en ciertos entornos que la mejor de las carreras universitarias que tenemos en nuestro país.

Y no solo eso, también aprendí mucho de sus historias de vida, durisimas en la mayoría de casos.

Estas personas, que pasan desapercibidas para la mayoría de nosotros, pueden darnos grandes lecciones de solidaridad, de entrega a los demás, de sabiduría emocional, de creatividad, de cómo aprovechar al máximo los recursos que tengamos…

Cualquiera de ellas podría ser catedrática en resiliencia o en superación personal y, por encima de todo, la lección más importante que aprendí -y que sigo aprendiendo hoy en día- es la HUMILDAD, asignatura en la que, aun suspendiendo a veces, he mejorado muchísimo gracias a estas personas.

Quiero acabar con lo que, para mí, es un gran proverbio:

“Nunca se es demasiado grande para aprender,

ni demasiado pequeño para enseñar.”

Prepotencia e inteligencia

 

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Tirar la toalla no es una opción  

 

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Aunque yo no soy nadie para decirle a otra persona lo que debe o no debe hacer, quiero pensar que el hecho de explicar mis experiencias, de mostrar esa parte de mi vida que muchas personas en mi lugar querrían olvidar, les puede servir a otros para encontrar un poco de luz donde ahora no tienen más que oscuridad y angustia.

Lo hago porque a mí se me ha concedido una segunda oportunidad para lograrlo, y me siento en deuda por ello aunque -no quiero engañar a nadie- no esté siendo un camino de rosas pero ¿realmente alguna vida lo es?

Sencillamente, con esto quiero decir que

La vida NO es fácil, nunca, para NADIE.

Seamos realistas y quitémonos de la cabeza esas historias almibaradas sobre vidas de ensueño y pensemos, sin la venda en los ojos, cómo han acabado una gran mayoría de esos personajes famosos o tremendamente ricos:

  • Destrozados por las drogas o el alcohol (ellos o sus hijos) al buscar evasiones a una vida vacía y superficial.
  • Perseguidos por legiones de periodistas o competidores que no les dejaban vivir.
  • Arruinados, después de contribuir a que una horda de parásitos a su alrededor (representantes, familiares, exparejas, etc.) se hicieran de oro a su costa.
  • Olvidados por todos aquellos que solo les quisieron a su lado mientras pudieron sacar algo de ellos.

Seguro que todos tenemos en la cabeza ejemplos para ilustrar esta reflexión.

Como decía, la vida no es fácil para nadie, por mucho que, a través de la prensa rosa, amarilla o a topos, nos quieran hacer ver lo contrario.

Pero, por otro lado, la vida también está llena de personas que se han hecho a sí mismas, saliendo de la nada, o que han superado situaciones que parecían insalvables. Sin ir más lejos, en la etapa relativamente moderna de James Bond podemos encontrar a un par de actores (hombre y mujer) que habían caído en la indigencia antes de que su determinación les llevara a conseguir que los cazatalentos les “descubrieran”.

Todo esto, y mi propia experiencia, me hacen pensar que NO se trata de una simple cuestión de suerte, de buena estrella o de tener  los “padrinos” adecuados; eso son solo excusas que ponen (yo también las ponía) aquellos que no quieren responsabilizarse de sus propias vidas y que hacen algo que, desgraciadamente, es muy humano en nuestra sociedad moderna: tirarle las culpas de su situación a otros… o al mundo en general.

Por eso creo en aquella frase que, parece ser, se debe a un emprendedor español: “que la suerte me encuentre trabajando” (Picasso cambiaba el término “suerte” por el de “inspiración”) y eso es algo en lo que coinciden muchas de las personas que consideramos “de éxito”.

Las cosas no pasan solo por azar o por cuestiones de suerte, nosotros tenemos que “llamar” a esa buena suerte estando en el lugar apropiado y en el momento preciso, por lo que se trata de HACER cosas para que se puedan dar esas circunstancias.

O lo que es lo mismo: lamentándonos de nuestra situación desde el sofá de casa será muy difícil que alguna vez nos encontremos en el lugar adecuado para que alguien, ese ángel en forma de encorbatado director de RRHH o de perspicaz  cazatalentos, nos “descubra” y nos ayude a mejorar nuestra vida

Y aquí es donde enlazo con el título de este artículo porque

rendirse y tirar la toalla no son opciones válidas,

si se quiere seguir viviendo.

Lo digo desde la comprensión, por mis propias vivencias, de todo lo que nos puede hacer pensar en dejarnos caer, en abandonar la lucha y decir ¡basta ya, no puedo más!

Comprendo el cansancio, el hastío, la decepción y la rabia que nos causan el no saber por qué nos pasa esto a nosotros.

Entiendo la incertidumbre y la angustia que sentimos cuando pasan los días, o los años, y no podemos ver la luz al final del túnel en que se ha convertido nuestra vida diaria, llena de necesidades sin cubrir.

He sentido en mi propia piel la vergüenza de no poderme pagar ni un simple café cuando me encontraba por la calle con algún amigo, o por tener que volver a vivir con mi madre y a ser literalmente mantenido por ella, teniendo yo casi 50 años, después de haber sido el propietario de una pequeña empresa durante veinte de ellos.

Sé lo que es sentir un tremendo dolor en mi corazón al no poder comprarles a mis hijos unos zapatos, mientras veía que los suyos empezaban a romperse.

Yo comprendo todo esto y, precisamente por ello y porque también sé que mi vida ha mejorado en muchos aspectos, también puedo asegurar que rendirse ante lo que nos pasa en la vida es lo más FÁCIL, pero nunca será lo MEJOR, ni siquiera lo ÚNICO que podemos hacer, porque siempre hay otras opciones que, aunque nos costarán esfuerzo y perseverancia, también nos acabarán dando una gran recompensa.

Cuando nos sintamos caer en la desesperación es el momento para hacernos una gran pregunta:

¿hacia dónde quiero ir?

Muchas veces no tenemos una respuesta a esta pregunta, lo sé, pero os aseguro que eso llegará en el momento oportuno que será, ni más ni menos, cuando dejemos el sofá y nos movamos, aunque al principio ni siquiera sepamos hacia dónde.

Lo importante es no tirar la toalla y levantarse porque, cuando caminamos, van apareciendo compañeros en nuestro camino que nos ayudan a encontrar la dirección correcta, pero el primer paso ¡el más importante de todos! lo tiene que dar uno mismo

… para los siguientes podremos tener -o pedir- ayuda.

Para acabar, creo que no he podido encontrar nada mejor con que ilustrar este artículo que este corto pero impactante vídeo.

¡Nunca des una batalla por perdida, hasta el final…!

 Penalti imposible, no tires la toalla

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Cómo nos afectan los cambios

Angustia

No siempre es así, pero ocurre muchas veces que “sufrimos” algún cambio sin que hayamos podido verlo, o intuirlo, con suficiente antelación.

Los seres humanos somos animales de costumbres y, cuando tenemos que enfrentarnos a situaciones diferentes a lo que habitualmente controlamos, podemos sentir una terrible sensación de miedo o de angustia, a veces bloqueándonos y otras causándonos una rabia tan feroz que podemos enfadarnos con cualquiera que se nos ponga delante, incluso con los más inocentes.

¿Todos reaccionamos igual ante los cambios imprevistos?

No.

Hay personas que saben sobreponerse al shock inicial con rapidez, actuando de manera que ese cambio les afecte lo menos posible o adaptándose a él.

Estas personas han aprendido que las circunstancias que vivimos no las podemos cambiar, son las que son y, por mucho que nos duelan o nos perjudiquen, van a estar ahí, no desaparecerán por mayor que sea nuestro enfado o desesperación, reacciones estas que son totalmente humanas pero casi siempre inútiles.

En algunos casos la rabia nos puede ayudar, pero siempre que sepamos utilizarla en nuestro favor, no cuando nos dejamos arrastrar por ella ya que las consecuencias pueden ser aún peores para nosotros.

Entonces, si no podemos cambiar lo que nos pasa ¿hay algo que podamos hacer para sentirnos mejor?

Sí.

Cambiar la forma en que nos afecta aquello que nos ocurre.

En este punto muchos dirán “¡eso es imposible! Yo no sé controlar mis reacciones ante lo que no puedo preveer.”

Y es cierto, ahí está el problema: en NO SABER que sí que se pueden gestionar voluntariamente nuestras reacciones ante las circunstancias que nos afectan a nivel emocional.

¿Y cómo se consigue eso?

Como casi todo en la vida, se trata de un PROCESO.

El primer paso es saber, y sobre todo CREER, que SE PUEDE hacer, que realmente está en nuestra mano cambiar la forma de actuar.

incertidumbreA los más escépticos les puedo decir lo siguiente: ¿nunca se han fijado que dos personas diferentes pueden reaccionar de distinta manera ante la misma situación inesperada? Por ejemplo: ante una provocación en una discoteca o en una manifestación hay personas que responden al ataque con violencia, otras intentando dialogar, otras huyendo, etc.

Esto es así porque algunas de esas personas escogen su forma de actuar (gestionan la emoción) y otras, simplemente, reaccionan (la emoción no es gestionada, actúan automáticamente). Si unas personas pueden gestionar sus emociones, todo el mundo puede hacerlo, es cuestión de aprendizaje y de entrenamiento, nada más.

Después de ese primer momento que todos vivimos, el de sentir esas emociones tan humanas, viene LO QUE PODEMOS CAMBIAR, que es el NO dejarnos llevar por las emociones, sino generar pensamientos positivos que nos ayuden a cambiar la emoción para que podamos actuar de una forma más beneficiosa para nosotros.

Si nos damos cuenta que la situación ya no se puede deshacer, que es imposible cambiarla pero que podemos verla de otra manera menos negativa, nuestra mente también actuará de forma diferente a como es habitual y nos permitirá liberarnos de la presión que sentimos para ver las cosas de una manera más posibilitadora.

Dejadme que ponga un ejemplo real de cómo gestioné yo mismo un caso que viví hace un tiempo.

Cuando me encontraba en paro, unos años atrás, me aceptaron para trabajar en un call center como teleoperador, algo que nunca había hecho.

Al cabo de un mes, el trato despótico de algunos jefes y, sobre todo, el tipo de trabajo que hacía, que chocaba con algunos de mis ideales más profundos, me hizo sentir una gran ansiedad y querer dejar el empleo.

El ir a trabajar cada día me generaba un malestar incluso físico, que se me hizo insoportable hasta que, en un momento dado, todo cambió.

Un buen día me dije a mí mismo “necesito el sueldo que me da este trabajo y no tengo ningún otro en perspectiva, ¿qué puedo mejorar para conservar este empleo hasta que encuentre otro mejor?”

Mi mayor problema era que me hacía sentir muy mal el hecho de tener que decirle a las personas a las que llamaba unas cosas en las que no creía, teniendo que defender a una organización que yo sabía positivamente que su gestión no había sido nada transparente en el pasado.

El hecho de no ser honesto con alguien es algo que nunca he soportado, así que, para poder continuar en el trabajo, y no sentirme mal, llegué a los siguientes razonamientos:

  1. La empresa de la que hablaba no era en la que yo trabajaba, sino que eran unos clientes de ésta, por lo que mi conocimiento interno de dicha organización no era total y podía no estar actualizado, es decir, podían haber mejorado su gestión.

 

  1. Cuando yo hacía una llamada nunca insistía excesivamente en los argumentos cuando veía que mi interlocutor/a sentía un gran rechazo hacia la empresa en cuestión. Por tanto, yo me limitaba a informar, hasta donde me dejaban, sin crear mayor perjuicio o molestia a la persona con la que hablaba.

 

  1. Desde mi puesto de trabajo yo no podía obligar a nadie a hacer algo que no quisiera, por lo tanto, quien se sintiera bien contribuyendo a favor de la empresa, que actualmente podía ser una organización seria, estaba en su derecho de hacerlo.

 

  1. En muchos casos yo escuchaba todo lo que podía a mi interlocutor/a, sobre todo cuando me expresaban sus quejas o su dolor ante lo que la empresa les podía haber perjudicado en el pasado (llamábamos a muchos antiguos asociados de dicha organización), con lo que conseguía incluso que esas personas se desahogaran conmigo de un peso emocional que mantenían aún vivo al cabo de los años.

 

Cuando me di cuenta de que estos argumentos eran totalmente válidos y, sobre todo,Teleoperador feliz cuando fui más consciente del último de ellos, mi percepción sobre el trabajo que estaba realizando cambió totalmente y no solo me ayudó a conservar el empleo durante siete meses y medio más (hasta que me despidieron por no cumplir con sus objetivos) sino que yo iba cada día a trabajar con el siguiente pensamiento en mi cabeza: “¿a ver a cuántas personas voy a ayudar hoy a desahogarse?”, con lo que mi actitud pasó de ser la de una persona amargada y próxima a la depresión, a ser la de alguien que se toma su trabajo con alegría, prácticamente como si se tratara de un servicio social a los demàs.

Este ejemplo que he utilizado es verídico y de primera mano.

No podemos hacer que aquello que ha pasado vuelva hacia atrás en el tiempo y se modifique a nuestro favor, por tanto, lo único que podemos conseguir es modificar el presente, NUESTRO presente.

Los budistas tienen un credo fundamental sobre el que basan su cultura, que les aporta una gran paz interior. Se trata de la Ley de la Impermanencia, que se puede resumir en una sola frase:

Todo pasa, nada permanece por siempre.

Todo pasa, tarde o temprano, nada se mantiene igual eternamente… el dolor tampoco.

Entonces, ¿por qué vamos a dejar que ese dolor nos afecte más de lo imprescindible?

Meditación

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SER o ESTAR, he aquí la cuestión

hamlet

De pequeño, mi padre me decía que yo era un torpe y que no sabía hacer nada con las manos. Hoy hago, para mí y para otras personas, montones de reparaciones y trabajos manuales creando cosas útiles a partir de meros desechos.

Mi exmujer me llamaba “egoísta” (realmente quería decir “egocéntrico”, pero es muy habitual confundir estos términos). Actualmente hay personas que me agradecen el hecho de pensar mucho en los demás.

Hay quien me ha recriminado el hecho de “no saber amar” y, en cambio, otra persona me llama “el amor de su vida”.

A veces me han tachado de falso y, por otro lado, me han dicho que yo nunca podría mentir porque se me notaría en seguida.

En mi adolescencia se reían de mi ingenuidad y ahora me alaban por dar un voto de confianza a los demás, sobre todo a personas necesitadas de sentir esa confianza para rehacer sus vidas.

Durante mi infancia y juventud fui bastante solitario, por sufrir complejos de inferioridad y de falta de popularidad pero, ahora en la madurez, he conseguido diversos logros que me han llevado a ser el nexo de unión entre muchas personas.

Y así podría continuar llenando varias páginas con inacabables contradicciones.

¿Con cuáles de todas estas afirmaciones tengo que quedarme?

¿Cómo SOY YO realmente?

¿Soy el ser torpe, solitario, impopular, falso y sin corazón que algunas personas me han dicho —o me han hecho sentir—  o, por el contrario, soy amoroso, hábil, sincero, sociable y todo lo demás que me dicen otras?

Difícil coyuntura es ésta…

Cuando NO nos conocemos lo bastante a nosotros mismos tendemos a dar excesivo crédito a lo que dicen de nosotros ciertas personas a las que, ya sea por factores como la edad o por otros motivos, les otorgamos el “poder especial” de ETIQUETARNOS.

Esto suele empezar de pequeños, cuando no nos han estimulado adecuadamente para que conozcamos nuestros verdaderos potenciales  y, por el contrario, nos bombardean continuamente con frustrantes COMPARACIONES entre nosotros y otras personas catalogadas “de éxito”, ya sean familiares, amigos, educadores, compañeros, etc., que se desempeñan bien en algún ámbito de su vida.

Cuando una persona aún no se ha formado su propia visión de QUIÉN y CÓMO ES realmente, de cuáles son sus OBJETIVOS y sus GUSTOS, es muy fácil que se sienta mal ante lo que otros consideran que son fracasos y, si esto se repite en el tiempo, lo más habitual es que se generen frustraciones y CREENCIAS LIMITANTES por pensar realmente que somos todo lo mediocres que otros nos quieren hacer creer que somos.

angel-demonio

Es lo que se llama la profecía autocumplida,  de la que ya hablé en otro artículo.

Considero que una de las mayores responsabilidades de los que somos padres es, precisamente, ayudar a nuestros hijos a conocerse mejor  y a saber qué quieren en la vida, a tener un criterio propio respecto a lo que les afecta y a ser capaces de defenderlo ante los demás por su propio convencimiento de que es lo mejor para ellos, al ser un signo de COHERENCIA PERSONAL.

Aquello que pensamos que es mejor para los demás son razonamientos hechos en base a nuestras propias creencias y vivencias, pero no nos damos cuenta que esas otras personas van a tener, seguramente, otras experiencias y puntos de vista que les van a hacer vivir OTRAS REALIDADES distintas a las nuestras, iguales de ciertas todas ellas -para cada uno- pero, al mismo tiempo, completamente distintas.

Volviendo a mi caso particular, y utilizando una mirada lo más amplia posible ante la coyuntura que he planteado, debo decir que la única solución que encuentro a esa disyuntiva es que yo NO SOY realmente de una manera en concreto sino que, en cada momento de mi vida, posiblemente haya ESTADO o ESTÉ SIENDO de una forma u otra: torpe, hábil, falso, sincero, sociable, huraño, etc.

Esto no se trata de una teoría mía sino que otras personas, como el filósofo alemán Martin Heidegger, también creen o han creído en ello, de lo que surgió su Teoría existencialista en la que sostiene que

“el SER alude a la esencia de la persona, a su cualidad de humano que le da vida y el ESTAR es la manera en que se ubica y posiciona en este mundo, su estilo de vida, sus acciones y modo de relacionarse con los demás. ambos van juntos en la práctica, solamente en la teoría pueden ser descritos por separado”.

Lo que creo interesante, más allá de las teorías filosóficas, es el hecho de comprender que todos nosotros podemos ser de una forma u otra en cada momento (”estar”) dependiendo de infinidad de factores (estado emocional, circunstancias externas…) pero que eso no significa en absoluto que SIEMPRE tengamos que estar así —que SEAMOS así definitivamente— sino que  podemos comportarnos de manera diferente siempre que creamos que hacerlo de ese modo es SER COHERENTES  con nosotros mismos, con lo que sentimos y deseamos en ese momento, independientemente de lo que digan o piensen los demás sobre nosotros o respecto a lo que sea mejor para nuestra vida.

El auto-concepto, lo que nosotros pensemos y, sobre todo, sintamos respecto a nosotros mismos es lo que nos tiene que importar de verdad, al fin y al cabo.

Si nos sentimos bien con nuestra forma de actuar y de pensar nos daremos cuenta, aunque ahora nos parezca extraño, de que aquello que piensen los demás de nosotros es únicamente RESPONSABILIDAD SUYA y dependerá de SUS creencias y de SUS vivencias, por tanto,

¿debemos permitir que algo que solo depende de los demás

nos afecte en nuestra vida?

Autoconcepto

 

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¡Sí, se puede!

ROMPE-CADENAS-CLAVE-PARA-LOGRAR-EL-EXITO-PERSONAL-Y-PROFESIONAL
Hola a tod@s.
Hace algo más de cinco años tomé la decisión de dejar mi empresa, una organización que no me aportaba prácticamente nada, ni a nivel personal ni tampoco económico.
La dejé para hacer algo con mi vida que me ayudara a sentirme útil para los demás, aunque no sabía qué podía ser.
Yo no tenía ninguna formación académica, ni dinero, pero empecé a asistir a cursos subvencionados sobre Coaching, PNL, Inteligencia emocional, Liderazgo, Formación a formadores,…, y coordiné durante dos años talleres de coaching para personas con pocos recursos económicos.
En ese tiempo colaboré, junto a personas con potenciales y actitudes increíbles, en la creación y desarrollo de una plataforma cívica para ayudar a desempleados (NoSomosParados), comencé un voluntariado para ayudar a personas en riesgo de exclusión social, en la Fundació Servei Solidari, y trabajé de lo que pude, después de pasar casi dos años sin empleo.
Un buen día mi camino me llevó a encontrar un proyecto de personas que creen en las personas, no en las titulaciones, y entré en el programa “Líderes mediadores y mediadoras”, de la Fundació Universitat de Girona, gracias al cual, personas sin recursos podrían realizar el Postgrado de Mediación comunitaria y Resolución de conflictos públicos.
Y hoy, poco más de cinco años después de haber tomado aquella drástica decisión, quiero compartir con vosotros el momento en que este pasado viernes di mi primera formación como docente de ese mismo Postgrado universitario de Mediación comunitaria y Resolución de conflictos públicos, en la especialidad de Mediación penitenciaria.
Y lo hago para que aquellas personas que estén en situaciones parecidas a las que yo he vivido, y que piensen que solo salen adelante los que tienen dinero o “buenos enchufes”, puedan ver que no es así, que SE PUEDE cambiar la vida que uno tiene y mejorarla, siempre que realmente creamos en nosotros mismos y en que queremos hacer ese cambio.
Muchos han dejado de creer en ellos porque los demás también lo han hecho, pero eso se puede revertir y solucionar, pidiendo ayuda si es necesario cuando no nos vemos capaces de hacerlo por nosotros mismos.
¡Yo también la necesité!
Quiero aprovechar esta ocasión para expresar mi profundo agradecimiento a TODAS LAS PERSONAS QUE ME HAN AYUDADO en este camino, y que lo siguen haciendo día a día, cada uno con lo mejor que tiene para mí: apoyo, cariño, fantásticas intenciones, amistad, profesionalidad, dedicación, sabiduría, amor, recursos económicos, contactos, confianza, humanidad, ejemplo,… y un largo etcétera.
Pedir ayuda, o aceptarla con gratitud cuando nos la ofrecen, es un gran ejercicio de fortaleza y humildad que no tiene que confundirse en absoluto con un signo de debilidad.
A todas esas personas: ¡MIL GRACIAS!
Espero saber corresponder como se merecen todos los que me han ayudado y han creído en mí, ayudando yo también a otros que lo necesiten.
Sed felices y, sobre todo, ¡sed lo que realmente queráis ser!
Un abrazo enorme.
¡SÍ, SE PUEDE!
Foto 1ª formación en la UdG, Mediación penitenciaria, 19-5-17
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¿Puede sernos útil el sufrimiento? (II)

Desplazados guerra Kosovo

Hoy quiero aportar otra “utilidad” que puede tener el sufrimiento para las personas pero, para ello, necesito crear un contexto.

¿Qué hay de todos los que sufren situaciones totalmente injustas a manos de otros seres humanos, simplemente por cuestiones políticas, religiosas o de pura ambición?

¿Tiene todo ese sufrimiento algún sentido?

Evidentemente no tiene ninguna justificación posible, desde el punto de vista ético o humano pero, aún así, ocurren.

Y, cuando eso pasa, cuando se producen situaciones de ese tipo -también con las que no son tan dramáticas- hay algo que puede salvar a las personas del desánimo y ayudarlas a que las soporten mejor: encontrar un sentido en medio de todo ese dolor y desconcierto, una motivación que les lleve a querer superar de tal manera ese duro trance que nada ni nadie consiga doblegarlos.

Podemos pensar en lo que dijo Nietzsche:

“Lo que no nos mata, nos fortalece.”

Esta frase es la que muchas personas, en situaciones extremas, han adoptado como un credo y se puede aplicar también en nuestra vida cotidiana, sin necesidad de hablar de situaciones enormemente traumáticas.

Todo aquello que supone un reto para nosotros, o un “problema” si lo vemos como algo negativo, realmente son oportunidades para darnos cuenta de lo mucho que valemos en la vida y de todos los recursos personales con los que contamos; recursos que, muchas veces, están ocultos hasta para nosotros mismos.

ComodidadesEl hecho de tener una vida “relativamente fácil”, si la comparamos con las duras condiciones en que vivían la mayoría de nuestros antepasados, o en las que viven hoy en día muchísimas personas, es la causa de que no tengamos que ejercitar muchas de nuestras habilidades, simplemente porque no son necesarias ya que en nuestro entorno se nos dan muchas cosas resueltas, normalmente a cambio de dinero.

Esa es una de las causas de que sepamos tan poco sobre nuestros verdaderos potenciales y recursos personales, de que nos conozcamos a un nivel muy superficial.

Ya hablé anteriormente en este blog de un hecho que, por lo valioso que es, merece Viktor Franklser recordado. Me refiero a la dramática experiencia del psiquiatra austríaco Viktor Frankl, que fue prisionero en dos campos de exterminio nazis durante la II Guerra Mundial, por el hecho de ser judío.

Este hombre perdió a toda su familia en aquellos terribles campos de concentración pero consiguió sobrevivir hasta el final de la guerra, explicando después cómo lo había conseguido: ni más ni menos que utilizando esa terrible experiencia para desarrollar una nueva corriente de la psiquiatría con la que, también hoy en día, se consigue sanar a muchos pacientes: la logoterapia, un método terapéutico basado en encontrar un sentido en la vida de las personas que sufren graves trastornos emocionales y que pueden derivar, incluso, en enfermedades mentales.

Él tuvo la suerte de hallar ese sentido en su vida para luchar por sobrevivir y no dejarse morir, como desgraciadamente les pasó a muchos de sus compañeros de cautiverio.

Frankl descubrió, con la observación de lo que ocurría en aquellas “fábricas del horror”, que la supervivencia de los prisioneros no dependía de su forma física o del trato que recibieran (salvo en los casos de agresión física o asesinato) sino que la diferencia radicaba en si existía o no alguna motivación en su interior para continuar con vida. En muchos casos, el único motivo que les ayudaba a sobrevivir era la esperanza de volver a ver a sus familiares algún día, en otros se trataba, por ejemplo, de poder acabar algún tipo de obra o trabajo (sobre todo intelectual o científico) que estuvieran realizando antes de su detención.

DesesperanzaLa teoría de V. Frankl se veía confirmada cuando, con el paso del tiempo, comprobaba que muchos de los prisioneros que se enteraban de la muerte de sus familiares, simplemente, se dejaban languidecer hasta morir, sin que hubieran sufrido ningún cambio en el trato recibido por sus carceleros. La única diferencia significativa que Frankl pudo constatar en ellos era que habían dejado de luchar por la vida, al perder la única motivación que les daba fuerzas para ello.

He querido recordar la historia de este brillante terapeuta porque nos da la clave de lo que quiero comentar en el artículo, cuál es la segunda “utilidad” del sufrimiento:

Afrontar el sufrimiento también nos ayuda a conocernos mejor a  nosotros mismos, nuestros potenciales y recursos personales, dejando brillar lo poderosos que somos como seres humanos.

“Si quieres, puedes.”

Es así de cierto, de sencillo… y de contundente.

Así como lo contrario también es igualmente verdadero:

“si realmente no estás dispuesto a esforzarte para conseguirlo, no lo vas a poder lograr”, sea lo que sea…

Por eso es importante encontrar un sentido a lo que hacemos y a lo que vivimos, aunque sean circunstancias que nos reporten un sufrimiento, ¡porque en esos momentos es cuando más podemos aprender de nosotros mismos y aprovecharlo para mejorar!

mandela-10Otro ejemplo de personas que sufrieron mucho y lograron cambios muy positivos en sus vidas, con un gran impacto para millones de personas, es el de Nelson Mandela, que salió de la cárcel -tras una condena de 27 años y otros anteriores de persecución policial- para convertirse poco después en presidente de su país, Sudáfrica, en el que consiguió la abolición del apartheid, de forma pacífica y sin venganzas por parte de la población negra que había sido oprimida y marginada por los blancos durante décadas.

Mandela, que había sido un joven muy impulsivo y reaccionario en diferentes aspectos, aprovechó sus años de penosa e injusta reclusión para sacar a la luz lo mejor de sí mismo: cualidades como la templanza, la capacidad de perdonar sinceramente (con el corazón, no solo con la razón) a los que le habían encarcelado y la de practicar el diálogo positivo para conseguir lo que parecía impensable hasta entonces: acabar con un injusto régimen segregacionista de más de 80 años de duración ¡sin derramar una sola gota de sangre!

Este es solo un ejemplo pero hay muchos más a lo largo de la Historia,  también de personas anónimas que consiguieron grandes logros a niveles menos mediáticos, por eso, no debemos escuchar a nuestros “saboteadores mentales” cuando nos intenten confundir diciéndonos que todas esas personas eran superdotadas, o que tuvieron mucha suerte o que habrían sido “iluminadas” milagrosamente.

Para acabar, quiero dejar claro que el sufrimiento no es algo que debamos buscar en sí mismo (eso podría ocasionarnos consecuencias y trastornos muy desagradables), ni siquiera con la finalidad de conocer mejor nuestras capacidades, sino que debemos aceptarlo cuando aparece y buscar todo lo positivo que nos pueda aportar, lo que nos situará en el estado emocional adecuado para soportar mejor lo negativo que haya en él porque, como dijo alguien:

“la vida es una dura escalada,

pero las vistas valen mucho la pena”

¿No lo crees así?

Cumbre montaña

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¿Puede sernos útil el sufrimiento? (I)

lagrima

¿Tienen sentido el dolor y el sufrimiento?

Generalmente no entendemos por qué debemos sufrir ni para qué lo hacemos,  ¿qué sentido hay en que lo pasemos mal en la vida?

Esta duda es una de las más compartidas en nuestra cultura occidental, en la que se tiene un concepto del placer y del bienestar que excluyen totalmente al sufrimiento, ocultándolo a nuestra consciencia e intentando que no nos afecte.

¡Pero el efecto que eso nos causa es exactamente el contrario!

Al intentar evitar el sufrimiento y toda mención a él, también estamos evitando aprender sobre ello y a estar preparados para recibirlo, lo que es algo totalmente inevitable para nosotros en un momento u otro, exactamente igual que lo que pasa con la muerte, a la que también intentamos ocultar en nuestras vidas.

Como digo, esto prácticamente solo pasa en la cultura occidental porque en la gran mayoría de culturas del mundo –también en las que no han sobrevivido hasta nuestros días– no solo reconocen a la muerte y al sufrimiento como algo que forma parte de la vida de todas las personas, sino que lo hacen sin resquemor ni  infundiendo miedo hacia ellos, sino aceptándolos sinceramente como algo inherente a la vida humana y preparando a las personas para su     –ineludible– encuentro con ellos.

De estas culturas podemos aprender mucho, en cuanto al sentido que pueden tener el dolor y el sufrimiento para nosotros.

Como decía Epícteto (filósofo griego del s. I):

«No pretendas que lo que sucede suceda como quieras,

sino quiérelo tal como sucede, y te irá bien.»

¿Acaso alguien, que sea minimamente realista, puede pensar que su vida llegue a estar completamente libre de todo tipo de sufrimiento?

Tierra, noche y díaNo hablo de que tengamos que ser pesimistas ni que debamos caer en ningún victimismo, sino de que veamos la vida tal y como es, un cúmulo de situaciones y circunstancias en las que nos encontraremos absolutamente de todo: alegría y tristeza, funcionalidad y casos disfuncionales (para no caer en los juicios de “lo que está bien o mal”), amor y desengaño, pasión y apatía, confianza y traición, abundancia y restricciones, libertad y control,…, y así un enorme abanico de conceptos opuestos entre sí que abarcarían todos los ámbitos del ser humano, hasta llegar a los más absolutos que serían los de la vida y la muerte.

Todas esas contraposiciones forman parte de nuestras vidas ¡para todo el mundo!

¿Cómo sabríamos lo que es bueno para nosotros si no tuviéramos conocimiento de lo que nos hace daño, para poder comparar sus características?

¿Por qué disfrutamos tanto de las vacaciones, sobre todo los que no son felices en sus trabajos, si no es porque las comparamos con lo que viviremos cuando se nos hayan acabado?

El gran problema de los que vivimos en esta cultura, que rehúye del sufrimiento como de la peste, es que, al no querer reconocer y aceptar su existencia, tampoco sabemos valorar realmente lo que vivimos cuando no sufrimos o sentimos dolor.

Voy a poner un ejemplo que puede parecer tonto pero que creo que no lo es.

Recuerdo que años atrás cortaron el suministro de agua en una zona de mi barrio para hacer unas reparaciones  importantes. En aquella época no había ascensor en nuestra finca, por lo que todo lo que necesitábamos en casa teníamos que subirlo a mano por las escaleras, hasta el tercer piso.

Cuando cortaron el agua, durante un par de días, fue cuando me di cuenta de la gran suerte que tenía al disfrutar de la comodidad de tener toda el agua que necesitara en mi casa ¡simplemente abriendo un grifo! sin tener que ir a buscarla a la fuente ni acarrearla escaleras arriba, como tuve que hacer durante esos días, al no poder almacenar en casa toda la necesaria para beber y para la limpieza e higiene.

¿Había pensado alguna vez en lo afortunado que soy al tener esa gran comodidad que, para millones de personas en el mundo, es totalmente impensable y les ocasiona enormes esfuerzos en su vida cotidiana?

Acarrear agua en AfricaRotundamente, no.

Lo cual contribuye a que tampoco haya disfrutado conscientemente, durante toda mi vida, de algo que para muchas personas representa un auténtico lujo, digno de reyes.

El tener que sufrir la incomodidad de acarrear el agua hasta mi casa fue lo que me hizo valorar, y disfrutar más, el hecho de tener toda la que necesitaba al alcance de la mano habitualmente.

En este caso, como en otros muchos, sin el sufrimiento no hubiera tenido tampoco el posterior disfrute.

Podemos aplicar este mismo argumento a la mayoría de situaciones que nos ocurren: valoramos el estar sanos cuando caemos enfermos, echamos de menos tener pareja cuando la perdemos, nos damos cuenta de lo que queríamos a un familiar o a un amigo cuando se muere,…

Por tanto,

el sufrimiento es útil para disfrutar más de

todo lo bueno que tenemos en la vida.

La gran pregunta es ¿por qué necesitamos del sufrimiento para valorar más todo lo bueno que tenemos?

La respuesta la he dado unos párrafos atrás: en general, pasamos por la vida por inercia, sin aplicar la consciencia a lo que hacemos o sentimos.

No somos suficientemente conscientes de nuestra propia vida.

No ponemos la consciencia en la mayor parte de las cosas que hacemos, decimos o pensamos sino que todo eso, en gran parte de nuestra día a día, ocurre de forma automática debido a formas de actuar que hemos ido integrando por creencias y aprendizajes adquiridos durante los años.

Por lo tanto tenemos dos opciones: o aprendemos a ser más conscientes en nuestra vida o tendremos que aceptar el sufrimiento como algo que nos ayuda a tomar consciencia, “a la fuerza”, de todo lo que no somos capaces de valorar por nosotros mismos.

Pero ¿solamente podemos encontrar este sentido en el sufrimiento?

No, también tiene otra utilidad para nosotros, pero eso lo dejaré para el siguiente artículo.

Intentaré no haceros sufrir demasiado con la espera…

paciencia

 

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